peleaban a cientos de kilómetros de distancia estuvo usualmente envuelto de un cierto halo de espectacularidad. De esa manera fue posible distanciar al público no combatiente de la brutalidad de la guerra. Los espectáculos públicos relacionados con la guerra, que serán analizados con detenimiento en la siguiente sección, permitieron resolver de manera práctica las tensiones que el uso indiscriminado de la violencia presenta a cualquier sociedad que decide verse directa o indirectamente involucrada en un enfrentamiento armado (Paris, 2000). c) Aportes de la asociación médica a la causa bélica La corporación médica de Santiago fue otra de las asociaciones que brindó su decidido apoyo a la cruzada en apoyo a los combatientes. El tema del soporte sanitario que debía brindársele al ejército expedicionario fue discutido por la prensa capitalina a pocos días del estallido de la guerra. El cuidado de los heridos demandaba de ambulancias muy bien provistas y era obvio que Chile no contaba con ellas283. En el mitin convocado por los estudiantes de medicina y que fue presidido por su decano Wenceslao Díaz, el cuerpo médico capitalino se comprometió a prestar su «patriótica cooperación» en la guerra que recién empezaba. La comunidad médica declaró que era su deber «acudir en socorro del hermano herido» que defendía la dignidad nacional a costa de su propia vida. La reunión de los médicos y estudiantes de medicina, que tuvo lugar el 6 de marzo de 1879 en Santiago, concluyó con una declaración pública de apoyo al gobierno y con el posterior nombramiento de una comisión para participar en la organización del servicio de sanidad284. El 9 de mayo la administración Pinto aceptó las resoluciones de los médicos y encomendó a Díaz la elaboración de un reglamento para el funcionamiento del servicio médico del ejército expedicionario, el cual entró en vigencia una semana después285. Por decreto de la Intendencia General del Ejército y Armada, el 16 de mayo se nombró al personal sanitario a cargo del doctor Nicanor Rojas. En una comunicación privada, el flamante cirujano en jefe, quien además era profesor de clínica quirúrgica en la facultad de medicina de Santiago, pidió a las autoridades que por un «sentido de conveniencia» nacional procuraran conservar en secreto su nombramiento y el de sus compañeros. Opinaba que la publicidad en torno al servicio médico podría dar al enemigo un «perfecto conocimiento de las fuerza y condiciones» del ejército de Chile286. 128
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