incomprensible «orden suprema» Mercedes no logró cobrar, durante varios meses, la mesada de su hijo256. El aporte de la sociedad civil no fue suficiente para enfrentar una tarea que demandaba de una infraestructura a la fecha inexistente en los países beligerantes. Esta carencia estructural llenó de ansiedad a los soldados destacados al frente de batalla. «Mi cara esposa, triste me es verte sufrir, así es que lo que yo sufro por estos mundos lo miro con indiferencia porque considero que tú sufres más que yo, sufres tú y tu criatura» le escribió Bartolomé Leiva a su compañera Rosario desde Pisagua. Leiva, un pintor de carruajes, quien tenía a la fecha 22 años de edad, confesó que la situación económica de su familia lo tenía sumido «en la más profunda oscuridad»257. En algunas ocasiones, como ocurrió con la familia González, las promesas de ayuda llegaron acompañadas de ingratas noticias. «Señora es preciso tener valor» le escribió el comandante Valverde a la madre de José Dolores y Sabino, este último un niño de once años, muertos los dos en Tarapacá. Para consolar a la madre de los caídos en combate Valverde utilizó el argumento de la guerra cívica. Así, la «patria ultrajada» fue lavada con la sangre de sus dos hijos y era por ello que, en nombre de Chile, el oficial prometió darle «alguna cosa» para aliviarla de su «desgracia» y de su dolor (Vicuña Mackenna, 1883-1885, p. 595). La difícil situación financiera por la que atravesó La Protectora entre 1882 y 1883 obligó a sus socios a crear una comisión examinadora de las necesidades de todos los que recibían auxilio pecuniario. El propósito fue «suspender» las mesadas sin suficiente justificación. La miseria absoluta de los destinatarios de la ayuda social —viudas y huérfanos— forzó a restablecerles el apoyo aunque disminuyendo el monto de la mesada, la que fue descrita en la memoria anual como una «verdadera ración de hambre». Si bien los socios de La Protectora ensayaron todos los medios a su alcance para mantener a la institución a flote, organizando incluso una lotería nacional por valor de 1500 soles, el público no respondió y fue necesario pedirle una subvención al gobierno. La ayuda, que consistió en seis mil pesos en efectivo, les permitió prolongar por unos meses más «su existencia». El porvenir, de acuerdo a su presidente Carlos Walker Martínez, se presentaba «muy oscuro» y no era «difícil preverlo». Dentro de ese contexto, cerrar sus puertas parecía ser la única alternativa que les quedaba a los socios. Llegar a esa decisión los entristeció profundamente debido a que las enfermedades reinantes en el Perú, los próximos combates 121
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