Guerreros civilizadores

confesó no haber sentido nunca miedo a los muertos ni ser «cobarde para el dolor», se maravilló de «las mil formas» que tenía el sufrimiento humano «en el rostro en la palabra, en el acento y en la mirada de quienes consideró como las verdaderas víctimas de la Guerra del Pacífico» (Vicuña Mackenna, 1883-1885, p. 593). De entre el anonimato surgen algunos nombres como el de Josefa Vergara, madre del oficial Tobías Morales, quien murió en la batalla de Tarapacá. Vergara se quejó ante La Protectora de que la pensión de diez pesos que por derecho le correspondía le fue negada por el gobierno252. A pesar de un notable esfuerzo de conectividad, La Protectora no logró llevar adelante la totalidad de su misión, que por su magnitud era obvio que le correspondía en gran parte a La Moneda. Unos meses después de que María Josefa Vergara confesara públicamente su penosa situación económica, el intendente de Curicó le escribió un oficio al ministro de Guerra en el que mostraba el abandono en el que se encontraban los familiares de los soldados. Desde hacía varios meses, refería la autoridad provinciana, un grupo de viudas se reunía diariamente en «tumulto» en los lugares públicos de Curicó para con sus «lamentos y lágrimas» hacer sentir en el pueblo el abandono en el que se encontraban. Debido a que Santiago no enviaba los decretos que permitirían pagarles sus respectivas mesadas, la autoridad local se sentía impotente para «enjugar las lágrimas» de las sufridas curicanas253. En la medida en que la guerra se extendió más de lo previsto, la situación de los deudos de centenares de soldados pobres se tornó sumamente difícil. En 1883 una comunicación de Agustín Errázuriz puso en evidencia el estado de miseria en el que se encontraban las viudas de la provincia de Aconcagua, quienes no tenían lo necesario para mantenerse y menos aún para viajar a la capital de la república a hacer sus gestiones ante la Oficina de Tramitación.254 La raíz de problema, de acuerdo a un funcionario provinciano, radicaba en «la interpretación que cada oficina daba a las resoluciones» que autorizaban los desembolsos del Estado. Estas prácticas, bastante inconsistentes, creaban «confusión y frustración» entre los deudos de los caídos en combate. Prueba de ello fue lo ocurrido con el padre del soldado del batallón Lautaro, Froilán Cáceres, muerto de fiebre amarilla en Motupe, quien sin mayor explicación vio reducida su magra mesada de 5 a 3 pesos con 66 centavos255. Un apremio semejante fue el que experimento Mercedes Castilla, natural de Maule y madre del soldado Salomón Alarcón fallecido en Chorrillos. Por una 120

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