Guerreros civilizadores

circulaban entre el frente interno y el externo, la difusión de la lista de los difuntos y la comunicación constante con los obispos, a los cuales debía solicitárseles de manera regular los documentos probatorios que el gobierno demandaba para pagarles a los deudos sus respectivas pensiones250. El quehacer de La Protectora se extendió también a otros ámbitos. Hacia 1881, 142 familias percibían alguna mesada de La Protectora, la cual se enorgullecía de haber conseguido becas para los hijos de algunos de los muertos en combate y de haber despachado 109 000 cartas a los soldados del ejército expedicionario. Con el apoyo provisto por la Intendencia del Ejército, los comités asociativos enviaron cuarenta cajones con 1900 encomiendas de las madres y esposas de los combatientes a los campamentos militares. Varias de las comisiones fueron encargadas, asimismo, de transportar tres mil trajes a los hospitales, colaborando, también, en la repatriación de seiscientos de los heridos en Chorrillos y Miraflores. Sin embargo, la labor más importante de La Protectora fue tramitar 377 expedientes de los deudos con la finalidad de que los familiares de los caídos en combate recabasen los sueldos atrasados que les correspondían. Con un movimiento financiero de 56 437 pesos al año, proveniente de subscripciones de 287 socios de un grupo inicial de 500, La Protectora subsidió a la Sociedad del Perpetuo Socorro, la que brindó habitación, alimento, luz e incluso útiles de limpieza a 918 personas, entre ellas viudas e hijos de soldados. En los asilos financiados por La Protectora nacieron 150 niños y la asociación se encargó de educar a 140 más de ambos sexos y de hospitalizar a 320 enfermos, entre mujeres y menores de edad251. El enorme sufrimiento que la guerra provocó entre las familias de los soldados fue paliado en cierta medida por las redes sociales, el entusiasmo y la buena disposición de los centenares de comités de apoyo que se formaron a lo largo y ancho de Chile. Los centenares de mujeres exhaustas, algunas con luto prestado y con niños enfermos de hambre, pendientes a sus escuálidos senos que se sentaban diariamente en el patio de asfalto de La Protectora, clamando por ayuda dan cuenta de la necesidad pero también de la esperanza que esta asociación despertó entre los sectores más desposeídos de Santiago. Algunas de ellas portaban papeles mugrientos de empeño en las casas de prenda, y pedían por su rescate, otras suplicaban por la pensión del hijo, del padre o por la mortaja del esposo muerto en el hospital o en el desierto. Vicuña Mackenna, quien 119

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