en el predominio, entre sus líderes, de la razón sobre los sentimientos; en su necesidad de probar su superioridad material y moral y en su deseo de consolidar su poder en una región que consideraba como su esfera de influencia. Sin embargo, los políticos chilenos eran, también, conscientes de las limitaciones de un país pequeño y vulnerable y es por ello que no confiaban los asuntos públicos a la incertidumbre y menos al azar. No olvidó subrayar Browne un dato que tiene que ver directamente con uno de los temas de esta introducción: la construcción histórica de la Guerra del Pacífico; de ahí que se refiriera en su charla a los trabajos de Diego Barros Arana y Benjamín Vicuña Mackenna. De Barros Arana sabemos que su principal objetivo fue presentar la guerra ante la opinión pública internacional, y es por ello que en su texto, escrito en francés, aludió a la necesidad de seguir los patrones bélicos de las naciones civilizadas. Este procedimiento ayudaría a que Chile limitase los horrores de la guerra (Barros Arana, 1881-1882). De Vicuña Mackenna, sabemos que su contribución a los estudios de la Guerra del Pacífico debe ser analizada como parte del proyecto de creación de una historia nacional alentado por Andrés Bello. Para ellos, la historia no era solamente conocimiento factual sino también fuente de «inspiración cívica» y «medio poderoso de vindicta moral» (Feliú Cruz, 1932, pp. 20, 30). La primera configuración historiográfica2 de la Guerra del Pacífico, de naturaleza militar y diplomática, subrayó, por ello, dos elementos fundamentales: la justicia de la causa chilena y la naturaleza épica y moralizadora de la contienda. El legado más importante de ese período es, sin lugar a dudas, la caracterización del enemigo. Para lograr un perfil que calzase con el paradigma prevaleciente en Chile fue necesario que los miembros de la Alianza corporizasen ciertos conceptos del modelo civilizatorio usado en la Guerra de Arauco. Perú y Bolivia eran países trabados en su evolución por «el revoltijo de sus castas, sus soldadescas» y «su indiada» (Vicuña Mackenna, 1881a, p. 105). Tribus más que naciones, atrapadas en un círculo vicioso de fragmentación y anarquía caudillesca (Vicuña Mackenna, 1880, p. 399). «País profundamente pérfido de índole, viciado y contrahecho en su origen, maleado por las revoluciones» dirá Vicuña Mackenna de una nación que como Bolivia era gobernada por un «indómito bruto de las selvas», refiriéndose a Hilarión Daza (Vicuña Mackenna, 1880, p. 35). Y el Perú, de manera similar, «tierra de incesantes convulsiones» (Vicuña Mackenna, 1881a, p. 138), habitada por un «mal 11
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