provincianos que intentaban encontrar algún sentido en medio del caos del campo de batalla. El estandarte de su batallón se convirtió en el objeto de devoción personal de los miles de hombres que dejaron sus respectivos pueblos y enrumbaron a lo desconocido. Es por ello que el sacrificio personal de un miliciano anónimo en defensa del símbolo de su patria chica fue el tema de la historia publicada en las páginas de El Chileno. En el relato se destaca el acto del ciudadano-soldado, quien saltó por encima de los heridos, pisando muchos cadáveres, con la finalidad de recuperar el estandarte de su batallón. Su audacia le costó la pérdida de su pierna izquierda. A los seis meses de la «carnicería espantosa» que lo dejó inválido, el héroe local abandonó el hospital y regresó a su pueblo, donde se reencontró con sus antiguos camaradas. Temblando de emoción y sollozando, anotaba la nota periodística, el miliciano se acercó y besó el estandarte cuya defensa casi le cuesta la vida239. Un acercamiento a la Legión Extranjera, cuya participación en la Guerra del Pacífico fue aprobada por el presidente Pinto, permite analizar desde otro ángulo la naturaleza de las milicias armadas y el papel que ellas jugaron en la Guerra del Pacífico. En el documento «Proyecto de Organización de un Cuerpo d., vol. ntarios que se denominó Cuerpo Franco o Legión Extranjera» aparecen las bases de la constitución de un cuerpo movilizable compuesto por ciudadanos extranjeros residentes en Chile. Esta unidad, destinada a misiones especiales, estuvo «absolutamente sometida» a las órdenes del comandante del Ejército de Operaciones y, asimismo, abierta a incluir voluntarios chilenos. Sus organizadores, entre los que se encontraban H. Bouquet, H. Solard, J. B. Suplicy, William Mc Pherson, Leopoldo Darrac, Francisco Dux, John Chambers, entre otros, declararon haber servido en ejércitos europeos y, en consecuencia, esperaban mantener sus grados militares, desde coronel hasta cabo. El plan original era que la Legión Extranjera abarcara las cuatro armas (Infantería, Artillería, Caballería y Zapadores), y que su cifra total se elevara a los mil hombres, quienes podían obrar como auxiliares directos de las tropas regulares, participando con ellas de ataques combinados u operando solos en vista de la ocasión, el azar o un plan previamente determinado. El proyecto, asimismo, señalaba que los legionarios deseaban cumplir una misión realmente única que consistía en «las escaramuzas de vanguardia, los reconocimientos avanzados y ante todo las sorpresas y «los ataques de noche». La mayor ventaja de «la guerra nocturna, la más terrible de todas» 115
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