Guerreros civilizadores

para despedir a su batallón que partía con destino al norte. La primera parada del largo periplo fue en la estación de Hualqui, la que se encontraba decorada con arcos de flores y arrayán. En el pueblito que lucía totalmente embanderado, la oficialidad disfrutó de un suculento almuerzo y la tropa fue agasajada con cincuenta canastos de fruta y empanadas. En Chillán, seis mil personas esperaron con ansia la llegada del convoy. En la estación chillaneja hubo discursos y un entusiasmo delirante. En Parral la banda del pueblo junto a dos mil personas rindieron homenaje a los voluntarios que se dirigían a defender la honra nacional. En Linares, una «espléndida mesa mostraba toda clase de viandas» para los milicianos. En la estación de Talca, atiborrada por cinco mil personas, la banda local ejecutó el himno nacional ante los movilizados, quienes de acuerdo a un testigo estaban dispuestos a pelear como leones en bien de la patria236. «Cuando llegó la orden tanto tiempo deseada», escribió el subteniente Francisco Figueroa en su diario de campaña, los miembros del batallón Quillota iniciaron los preparativos para partir hacia el norte. La provincia dio una despedida multitudinaria a la milicia y camino a Santiago esta no paró de entonar el himno nacional y el de Yungay. La entrada a la capital de la república fue «una verdadera ovación» y la salida más «solemne» todavía. Antes de marchar a la estación del tren que los llevaría al teatro de la guerra, los miembros del batallón Quillota fueron bendecidos por un sacerdote. Arrodillados y «al toque de himnos marciales» cada de uno de los milicianos recibió un escapulario de la Virgen de las Mercedes. Figueroa vio llorar a muchas personas en la despedida en la Estación Central. Algo similar ocurrió en cada pueblo por el que pasaron los futuros combatientes; multitudes los esperaban para aplaudirlos y lanzarles puñados de flores. En Valparaíso, donde el batallón arribó en medio de un gentío inmenso, los nuevos reclutas visitaron la tumba de Prat, ante la cual se hizo el juramento solemne de seguir las huellas de sus antepasados que pelearon contra la Confederación237. La preservación de la memoria de su derrotero fue muy importante para los batallones provincianos y es por ello que sus historias aparecieron regularmente en las páginas de los periódicos. En enero de 1880 La Juventud de San Fernando publicó por entregas «La marcha del Colchagua». Escrito en plural y firmado por el capitán, Adolfo 2º Krug, «La marcha» es un relato pormenorizado del viaje del batallón desde su ciudad natal hasta su destino final en Antofagasta. La crónica de Krug registra el caluroso recibimiento que los pueblos del Valle Central le 113

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