Guerreros civilizadores

Portada de Guía, Puente de Buin y Batalla de Yungay. La Municipalidad entregó la reliquia histórica al comandante Jacinto Niño no sin antes recordarle la inmensa responsabilidad que significaba tener entre sus manos ese poderoso símbolo de historia local. El pacto mediante el cual la Municipalidad se comprometió a velar por los milicianos demandó un sometimiento absoluto de estos a las necesidades de la guerra. Ante la presencia del cura y de las autoridades municipales los miembros del Valparaíso prometieron proteger el estandarte provinciano con su propia sangre, declarando que era preferible morir antes de que la insignia cayese en poder del enemigo (Peri Fagerston, 1981, pp. 43-46). Al igual que el lábaro porteño, el estandarte del batallón Aconcagua estuvo, durante muchos años, bajo la custodia de la Municipalidad de San Felipe. Descrito como el «simbólico emblema de pasadas glorias», el estandarte le fue entregado a la milicia en Quillota. El encargado de hacerlo fue Gregorio del Canto, uno de los veteranos de la Guerra de la Confederación. Del Canto, un antiguo miliciano que en 1879 representó al legendario Aconcagua, se encontró con el nuevo Aconcagua, en donde servía su hijo Belisario. De esa manera las viejas glorias del Aconcagua revivieron a través del compromiso de sus descendientes (Salinas, F., 1893, pp. 41-42), dentro de una lógica de reposicionamiento míticopatriótico del imaginario del conflicto de 1836-1839, como ha analizado recientemente Gabriel Cid (2011, cap. VI). En la ceremonia de bendición del estandarte del batallón Atacama, a cargo del cura Ramón Saavedra, el comandante Martínez les recordó a los que servían bajo sus órdenes que su insignia representaba el honor de Chile pero además el «honor de la noble provincia de Atacama» que los había enviado a pelear por ella en la guerra. «Espero que moriremos todos antes que permitir que esta enseña sagrada caiga en manos del enemigo y la profane». Martínez demandó, asimismo, el apoyo a la milicia para defender con su sangre el estandarte, descrito como «ese pedazo» desprendido de nuestro «querido tricolor» (Figueroa, 1881, p. 61). Los miles de hombres movilizados como consecuencia de la Guerra del Pacífico reunieron ciertas características generales: eran solteros, un alto porcentaje sabía leer y escribir, tenían un oficio o profesión, eran de edad adulta, provenían de la zona sur y centro sur del país y eran civiles (Méndez Notari, 2004, p. 29). Fueron «los civiles movilizados» los que según Arturo Sepúlveda dejaron todo atrás y se fueron al norte a servir a la patria en peligro. De acuerdo a la Memoria de Guerra de 1884, citada por 111

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