Guerreros civilizadores

entenderlo en sus propios términos. Mi propuesta, en este contexto, es dialogar con la contingencia —que es la única realidad que gobierna la guerra— y a partir de ahí abordar desde diferentes ángulos el quehacer de la república vencedora. Al tomar este sendero, que prioriza el estudio del frente interno sin por ello desmerecer la importancia del externo, la Guerra del Pacífico se convierte en un gran bastidor en el cual es posible contemplar la urdimbre de la cultura, la política y la sociedad chilena. Así, el transcendental enfrentamiento en el Pacífico Sur deja de ser un simple hecho militar para convertirse en la caja de resonancia de los dilemas, las tensiones, los conflictos y, por qué no decirlo, de los anhelos de una república joven y pujante que vio en la guerra la oportunidad para establecer no solo su autonomía económica sino un lugar destacado en el «concierto de las naciones civilizadas». Luego de su triunfo sobre la Alianza, Chile empezó a ser percibido como una suerte de república-imperio que incluso amenazaba el predominio estadounidense en el Pacífico. De este inesperado desarrollo dio cuenta la charla dictada por Albert Browne en la Sociedad Geográfica Americana, la cual tuvo por finalidad analizar «el empoderamiento de la República de Chile» (Browne, 1884). En la primavera de 1884 Browne brindó un análisis detallado de la geografía, la economía, la historia, la política e incluso la composición racial de la república vencedora, a la que consideraba mucho más homogénea que sus vecinas. Su sucesión ordenada de gobiernos civiles hacía la diferencia, aunque en rigor tales gobiernos no fuesen democráticos, puesto que dependían de una oligarquía unida por lazos endogámicos. El académico señaló, además, que la excepcionalidad chilena radicaba en su centralismo y en la existencia de un puñado de servidores públicos bien entrenados y remunerados. El poder se concentraba en el presidente, quien al nombrar personalmente a los intendentes aseguraba su presencia en los lugares más remotos del país. La historia, aseguraba Browne, no había visto una «maquinaria política» más poderosa que la de esa pequeña nación sudamericana. Ahí, a diferencia de otros países del área, la corrupción no minaba las instituciones y la prensa convivía con el orden oligárquico sin que, por ello, la opinión pública amenazara su existencia. La exposición de Browne ayuda a poner en perspectiva la trayectoria de una república que, a partir de una contundente victoria militar contra dos naciones vecinas parecía seguirle los pasos a los Estados Unidos de América1. La república anglosajona y Chile se asemejaban en su ambición; 10

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