Guerreros civilizadores

Lo relevante para La Moneda no era la representación de las provincias en el teatro de la guerra sino que los centenares de soldados fallecidos fueran periódicamente reemplazados con nuevos reclutas. La divergencia de objetivos entre un núcleo político-militar que percibió la guerra en términos prácticos y unas provincias que la utilizaron como una oportunidad de ganar status ciudadano y distinción política aflora en la carta enviada por los miembros del batallón Atacama a la sala de redacción de El Constituyente. En su misiva los milicianos expresaron un «gran descontento» cuando al llegar a Antofagasta se les mostró una orden mediante la cual se les obligaba a fundirse con el 2º de Línea. A tal punto llegó el desagrado de la milicia atacameña ante lo que consideraron como un desaire del gobierno hacia su provincia que incluso hubo un intento de anular los contratos para de esa manera concluir su servicio militar. Ello no ocurrió. Los oficiales convencieron a sus subalternos para que desistieran de su propósito de regresar a sus pueblos de origen. De acuerdo a una nota publicada en El Constituyente, lo ocurrido en Antofagasta con el Atacama era una prueba de que el gobierno no tenía la intención de llevar al litoral a un cuerpo con el nombre de la provincia. Su objetivo era simplemente «reunir una porción de hombres» que le sirvieran «para completar los demás cuerpos». «¿Qué dirían», se preguntaba el periodista del diario provinciano, los que creían que Atacama estaría representada en el ejército «con un batallón que llevara su nombre?»220 El conflicto entre las provincias en armas y el gobierno capturó la atención de los periódicos durante el primer año de la guerra. El gobierno del presidente Pinto, denunció El Nuevo Ferrocarril, miró con «malos ojos todo movimiento y organización que arrancase del corazón del pueblo y le restituyera el vigor de cierta autonomía armada para la campaña»221. En una similar línea de pensamiento, el editor de La Esmeralda de Talca señaló que una de las omisiones más odiosas de La Moneda, uno de sus tantos «olvidos incalificables», fue negarle a Talca la posibilidad de contar con un batallón propio. Una serie de circunstancias generadas en la misma localidad, unidas a las decisiones del gobierno central, como fue imponerle a la provincia una oficialidad ajena a sus intereses, impidieron a los talquinos ser representados a tiempo en el norte. La prensa talquina arremetió contra Pinto, pero también contra el intendente Vergara, un Nacional aliado de su gobierno, a quien se le acusó de preocuparse más de los «trabajos electorales» que de la guerra222. El asunto no era solo político sino meramente práctico. Respecto a las ofertas de enrolamiento masivo 106

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