tanto en sus expresiones de inquilinaje como de peonaje (Rodríguez, A., 2001). Fue a este segundo aspecto de la Guardia Nacional al que se refirió el editorialista de El Republicano de Yumbel cuando sugirió al gobierno de Pinto la militarización de los presidios. Los «tres mil hombres de robusto brazo» que encerraban las cárceles del valle central podrían ser muy fácilmente educados militarmente por sus carceleros, quienes en su gran mayoría eran licenciados del ejército. La radical propuesta del periodista de Yumbel sugería dividir los presidios de Santiago en dos zonas, lo que a su vez derivaría en la formación de dos regimientos, el del norte y del sur. El transformar a los presidiarios en milicianos no solo incrementaría la fuerza del ejército nacional sino que moralizaría a una masa de individuos que vivían «en la más completa holgazanería, sedentariamente, tirados al sol» y expuestos a un sinnúmero de enfermedades. La militarización de los presidios, además de incrementar la fuerza de combate de la república, fue considerada de acuerdo al periodista provinciano una «medida higiénica» sumamente «conveniente» porque daría «animación y vigor» a muchos «infelices»219. A su misión original, que fue la moralización y el disciplinamiento de la plebe, la Guardia Nacional añadió en 1879 otra bastante más complicada: alimentar la maquinaria de la guerra siguiendo las pautas impuestas por los encargados de administrar el depósito de reemplazos. En el nuevo escenario de movilización general que se inauguró a partir de la declaratoria de guerra, el Estado debió reformular su relación con las provincias, lo que a su vez alteró los equilibrios de la política local y nacional. A los airados reclamos contra los intendentes, a quienes se les acusó de ignorar las demandas de los «pueblos en armas», se deben añadir las críticas a la conducción de la guerra por parte de la prensa provinciana. Era obvio que prestar atención a las sensibilidades de los «pueblos en armas» no formó parte de la abultada agenda de La Moneda. Del comportamiento pragmático de los funcionarios del gobierno dio cuenta el ministro Aldunate en una entrevista exclusiva con el New York Herald. Chile, en sus palabras, era una nación demasiado pequeña, con una población demasiado escasa y unas vecindades demasiado peligrosas para confiar su política a «consideraciones sentimentales». No dejar «nada a lo incierto, realizar cualquier ventaja razonable y no confiar nada a la suerte» fue el guion que se propusieron seguir los «directores supremos» (Ortiz Benites, 2013, p. 69). 105
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx