febrero de 1879 por el intendente Guillermo Matta. La patria, señalaba el telegrama que llegó de Santiago, tenía el derecho de «reclamar» los servicios de «todos sus hijos»217. La solicitud de La Moneda no solo reactivó el tradicional vínculo entre el ciudadano armado y la república sino que fortaleció la identidad y el orgullo local. Es a este aspecto al que se refirió Florentino Salinas cuando describió la manera como fue organizado el 2º de Aconcagua, en la ciudad de San Felipe. Su estandarte, descrito por Salinas como un «misterioso talismán de heroísmo y de victoria», tenía una importancia eminentemente moral para la milicia provinciana. Ello porque la venerada insignia además de echar luces sobre el pasado glorioso de Aconcagua les recordaba a sus miembros sobre el «contrato indisoluble» entre la provincia y la milicia encargada de representarla. Así, los miembros del Aconcagua juraron llevar con honor el pendón augusto hasta entregarlo, consumada su misión, «al pueblo que se lo confió» (Salinas, F., 1893, p. 43). Las milicias, o lo que más adelante se denominaron guardias nacionales, han sido analizadas como un instrumento para frenar el militarismo y como un mecanismo destinado a moralizar a los sectores populares. Desde los tiempos de la Independencia, la Guardia Nacional exhibió también otra función que fue la de congregar a una agrupación de individuos que, en caso de guerra, podía transformarse en una entidad movilizable. A pesar de no ser un organismo dependiente del ejército, los ciudadanos inscritos en sus registros tenían la obligación de reunirse los domingos o días festivos en lugares adecuados para recibir la instrucción militar correspondiente. En el espacio cultural creado por las guardias nacionales «una numerosa y efectiva fuerza popular asumió las nociones de jerarquía, de obediencia y de solidaridad». El sentido de deber y la noción de patria inculcada entre los milicianos fue un medio poderoso para moderar y contener los desmanes de la plebe (Hernández Ponce, 1984, p. 45; Grez, 1997, p. 271)218. Por ser espacios de «civilidad» capaces de reproducir los sistemas de poder local, la imagen que nos queda de la Guardia Nacional es, grosso modo, la del hacendado-ciudadano seguido de sus inquilinos-siervos. De esta manera el discurso de la identidad nacional estaría orientado en Chile por dos principios. El primero aplicado solo a la élite con una participación del ciudadano soldado, del cual se esperaba un papel de liderazgo y adhesión al Estado nacional. El segundo principio se regiría por la autoridad y el orden y se aplicaría a la moralización del mundo popular 104
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