milicianos. Una manta, una mochila con ropa, los arreos de pólvora y balas, cantimplora de hojalata, un par de botas herradas y de doble suela, un rifle Comblain reformado y un sable corto fueron parte esencial del equipo que el Bulnes llevó a la guerra. El 19 de abril de 1879 la milicia santiaguina partió rumbo a Valparaíso con una banda de música y una cantinera a la cabeza. La tropa iba tan contenta, anotó un testigo, tal «como si fuera a un paseo» (Peri Fagerston, 1981, pp. 22, 25). El 7 de junio de 1879 «el pueblo de Ancud» solicitó al gobierno de Pinto el «estricto cumplimiento de la constitución» respecto al servicio que debía cumplir la Guardia Nacional en la conflagración internacional213. De similar naturaleza fueron los pedidos sobre organización y aprovisionamiento de las milicias locales que, a pocos meses del decreto de reorganización de la Guardia Nacional, empezaron a llegar desde otras provincias a Santiago. En la carta enviada desde Curicó al ministro de Guerra, el funcionario José Salinas solicitó instrucciones precisas para la organización del batallón Caupolicán. Consideraba que para que dicha unidad fuera eficiente ella debía marchar con su dotación de oficiales a la cabeza. Si ello no ocurría se pondría en evidencia que Curicó no contaba con voluntarios de verdad214. En Linares, cuyo batallón de milicianos recibió cuatrocientos fusiles y 1200 paquetes de balas, se realizaron varias reuniones de coordinación en las que se determinó el nombramiento de sus clases, la organización y distribución de sus miembros, y las primeras medidas que debía adoptar la provincia de cara a la guerra. La mayor preocupación de la autoridad local fue la provisión de uniformes que, en sus palabras, daría «forma de soldado» a los individuos que formaban la milicia. El acuartelamiento inmediato de los cívicos era, por otro lado, la mejor manera de hacer entrar a voluntarios y enganchados en «la instrucción y disciplina militar»215. Era por ello que la milicia maulina solicitó el envío de un militar que les sirviera de instructor. Este asunto era de necesidad «imperiosa» debido a que el «vivo entusiasmo» que animaba a la oficialidad iba perdiendo fuerza por la falta de un encargado de dirigir los ejercicios doctrinales. Para convertirse en un «cuerpo importante», capaz de prestar servicios en el lugar designado por el gobierno, era necesario contar con un entrenamiento del cual carecían los oficiales ignorantes de las tácticas militares216. En el marco de una coyuntura caracterizada por la acelerada militarización de la población civil, los habitantes de Atacama se enteraron del pedido del gobierno central mediante un bando firmado el 22 de 103
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