Género y conflicto armado interno en el Perú

sabido salir adelante, me he superado cuando me han enseñado [a coser], yo misma me he comprado mi maquinita, cosía en mi casa y vendía lo que cosía a mis clientes en el mercado. Yo cosía día y noche, fustanes, rebosos; yo sé coser desde mis dieciocho años, con eso he salvado mi vida, duramente he cosido día y noche». Felicitas vincula el inicio de su maternidad con el inicio de su etapa productiva como trabajadora costurera, ambos hechos se constituirán en elementos decisivos de su identidad para afrontar el conflicto armado con el que se encontró directamente cuando integrantes de una patrulla del Ejército vestidos de civiles detuvieron a su esposo en 1986. Después de un tiempo de la desaparición de su esposo, mientras caminaba buscándolo, Felicitas conoció ANFASEP. Desde este momento sus hijos asistieron al comedor de niños y ella comenzó a ser una integrante activa de la organización. El esposo de Felicitas desapareció cuando ella tenía 37 años. Actualmente, ella sigue participando activamente en ANFASEP. 2.3. El inicio de las transformaciones sociales: las historias de Lidia y Elena En 1950 las zonas urbanas y rurales de Ayacucho comenzaron a vivir importantes movimientos sociales —promovidos fundamentalmente por los campesinos—, debido a que en esta época aún persistía la estratificación estamental entre señores y siervos, mistis e indios (Degregori, 2010). Estos movimientos comenzaron a cuestionar la opresión y subordinación que vivían los campesinos en las haciendas. En esta década se incrementaron las luchas por la tierra y la represión de los campesinos. A su vez, en el campo ayacuchano coexistían comunidades vinculadas al mercado, otras que trabajaban en condiciones serviles para las haciendas y otras que ya habían comenzado a revertir la situación de opresión en las que vivían a través de la migración a la costa y selva por trabajos temporales (Díaz Martínez, 1969) y a través de demandas educativas (Degregori, 2010). Paralelamente a las acciones y demandas por la tierra, los campesinos de Ayacucho comenzaron a construir capillas, caminos, puentes, canales de riego y locales escolares. En este contexto — y como también nos ha mostrado la historia de Felícitas— la escuela fue el espacio vital para la transformación de las zonas rurales (Degregori, 2010). Si bien aún eran elevados los porcentajes de personas iletradas en Ayacucho, para 1953 el número de escuelas de educación primaria se había incrementado a 614 y los colegios de educación secundaria se 98

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