mucho; y su vecino, que era seguro un hombre de buen corazón, me sacó con una escalera, me escondió en su casa. Silvia le atribuye a la señora que la tenía secuestrada la autoría de este intento de violación. Al igual que en el primer evento, ella se defiende. Esta vez, al tratar de huir por el techo de la casa se cae y se rompe la cadera, lo que la deja coja. Su narración está llena de detalles que transmiten al público con claridad la gravedad de lo que le sucedió. Tenía doce años, se había roto la cadera y es muy probable que sufriera dolores atroces, pero nadie la atendía en la casa donde vivía. Resalta que dormía con los animales: ella era, en esa casa, un animal más. No tenía a nadie, estaba completamente sola en un lugar que no conocía, muy lejos de su familia y, probablemente, tampoco comprendía el idioma. Sin duda, este testimonio impactó con fuerza a la audiencia. También habló de su situación actual: «Ahora que estoy mal, estoy mal de la pierna, tengo tres hijitos; pero como estoy mal, los papás de mis hijitos también me abandonan. Y yo sola trabajo para mantenerlos. No tengo ni casa, ni chacra ni animales. Solo vivo en casa alquilada, me mudo de un lugar a otro. Tengo hijitos, pero los hombres se van porque estoy mal». Ella considera que los hombres la dejan porque tiene su pierna malograda. Le atribuye la posibilidad de tener una pareja estable al estado de su cuerpo. Para Silvia haber perdido el atractivo de un cuerpo sano la ha condenado a que los hombres la abandonen. A lo largo de su testimonio, el defecto físico de su cadera ocupa una preocupación central en ella. En general, se puede mencionar la centralidad del cuerpo en su narración. Como explica Theidon, «el cuerpo carga estas memorias, lo que hace del mismo tanto un sitio, como un proceso histórico. La memoria traumática es una manera de inscribir la historia en las narrativas biológicas y biográficas de los individuos y de las comunidades» (2004, p. 46). Silvia es un ejemplo de esto: toda la estructura de su testimonio está hecha alrededor de su cuerpo. Ella no elabora sobre el contexto en que se dieron los hechos que le tocó vivir, tampoco se identifica con otras personas que pudieron vivir lo mismo que ella. Su testimonio es fundamentalmente la narración de las condiciones de su encierro. Incluso cuando menciona su traslado al cuartel de Huamanga, la explicación que ella se da es la de un castigo que recibe por haberse defendido del intento de violación. En esta variable se diferencian marcadamente las dirigentas de las otras cuatro mujeres. Ellas no se consideran víctimas y por tanto no tienen un sufrimiento que contar. No apelan a una empatía con el público en este 77
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