yo sé que voy a… así voy a terminar yo también y no voy a sufrir», porque yo no tenía familia en Huancayo, no tengo. De ahí, dije, me puse a llorar; lloré, de ahí dije: Pero qué voy a hacer, muriéndome, matándome, qué voy a hacer; sería una cobardía para mí quitarme la vida. Mejor me pondré fuerte, trabajaré. Luego de relatar su deseo de suicidio, Olga regresa a los diálogos con su esposo en sueños. Estas conversaciones son las que le dieron la fuerza que ella necesitaba para seguir adelante con su vida. Sin embargo, no sirvieron para quitarle la incertidumbre de lo que realmente le habría sucedido a su esposo. Ella cuenta: [...] pero siempre, mi esposo siempre me para revelando, me dice: «Hija, no llores, no llores; yo te estoy viendo, te estoy cuidando». De ahí un día me dice él…me dice: «A mí me han llevado a una mina. En esa mina me están teniendo, yo tengo mucha sed, mucha hambre. Esa mina es mina de oro. No puedo salir de ahí, me tienen ahí». Yo le digo: pero Víctor, ¿no puedes venirte?, ¿no puedes salirte? «No, porque todo desnudo nos tienen. Cómo podemos salir, cómo podemos venir». Pero yo le digo: Cómo… pero muchas personas vienen siempre a visitar a su familia. Pero él me dice: «No llores, tanto llorar… ¿no te cansas de tanto llorar?». Pero qué puedo hacer si tú…. «Ya te he dicho, ya te he dicho que yo estoy muerto». Por eso yo digo: Él estará muerto. Por eso, ahora no sé, me siento triste, preocupada por él, por no saber. La narración de Olga está centrada en sus vivencias personales, en sus sentimientos. Silvia (la joven) menciona muy rápidamente su permanencia en el cuartel militar de Ayacucho y centra su relato exclusivamente en su vida en la casa de la familia del militar en Lima: «[...] estuve mucho tiempo en Ayacucho y estando en Ayacucho un comandante me trajo aquí a Lima para acompañarle a su mamá, y entonces su mamá me hizo cosas muy malas al extremo de dejarme inválida». Ella empieza su testimonio presentando la secuela de su secuestro. Quedó inválida y es lo que más le afecta en su vida actualmente. También cierra su testimonio retomando el problema de su cojera. Las seis mujeres utilizaron estrategias diferentes para movilizar las subjetividades del público en busca de legitimar sus historias y demandas. Las dirigentas sustentaron la legitimidad de sus relatos en el hecho de ser dirigentas elegidas democráticamente en sus bases y en sus trayectorias de lucha. Ambas dedicaron la mayor parte del tiempo de sus testimonios a este tema. Tanto el grupo de madres como de jóvenes fueron explícitas en la descripción de los horrores sufridos: torturas, asesinatos, detenciones, 74
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