Género y conflicto armado interno en el Perú

esposo, sus múltiples embarazos y la temprana muerte de sus hijos, la relación con Gregorio, su precario trabajo en los mercados, el resquebrajamiento final de su salud y el presagio de su muerte, que se hará real en 1983. En resumen, una vida marcada por los significantes de muerte, maltrato, pobreza, explotación y precariedad laboral. Asunta, a diferencia de Menchú y Barrios, no es una heroína de una épica signada por reivindicaciones de lo propio que se proyectan hacia afuera —la clara conciencia de estar enunciando para un lector metropolitano— sino todo lo contrario, una antiheroína, si lo pensamos en términos de la narrativa picaresca. Ella pasa por diferentes amos(as), unos más violentos o explotadores que otros, pero en definitiva amos con los cuales establece una relación de subalternidad. El testimonio de Asunta proyecta una historia de sufrimientos, pero de igual modo interpela al lector, si bien desde otro frente y con otras estrategias narrativas y sin la conciencia de estar enunciando políticamente. Durante los años de empleada asalariada, Asunta conoce a su primer esposo, Eusebio, un vendedor errante con quien vivió catorce años y tuvo siete hijos, de los cuales solo sobrevivió una. La relación con Eusebio es del mismo tenor que la relación con sus empleadoras: una prolongación de los maltratos. El único cambio será el nombre y género del maltratador. Eusebio es el esposo violento y alcoholizado que jamás asumió un rol adecuado de esposo y padre. Asunta en determinado momento decide trabajar y dejar de depender económicamente de Eusebio. Agotada de estos maltratos, primero, toma conciencia del tipo de hombre con el cual ha vivido tantos años y de la precaria calidad de vida que le ha dado: «Desde el día que me junté a este hombre para mí todo era llorar y sufrir, como si hubiera sido una hija natural negada, vivía con mi cruz que era mi propio marido. Si no me celaba, me maltrataba peor que su enemiga a muerte» (Barrig, 1979, p. 114). Segundo, toma conciencia de su individualidad, de sus capacidades, de saber que está en situación de no soportar y depender de un hombre como Eusebio: «¿Cómo puede ser la vida para no separarme del lado de un hombre, si tengo manos, pies, boca para hablar y ojos que miran? ¿Acaso soy una inválida? ¡Si estas manos hacen la cocina!» (p. 115). En ese sentido, Viera afirma que «El discurso de Asunta revela a una mujer que también tiene la fuerza y el coraje para salir adelante, pero es la sociedad patriarcal, que durante siglos ha sometido y subvertido su rol como sujeto y agente social [...]» (2012, p. 49). 49

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