Además, el testimonio en el Perú abre el campo de representación hacia otras comunidades que no habían sido abordadas ni integradas a la nación y que incluso mantenían un mayor grado de subalternidad en relación a las comunidades andinas. Antonio Cornejo Polar, en consonancia con lo expuesto por Degregori y Sandoval, advierte que al iniciarse el siglo XX se estudia y se recopila cada vez con mayor insistencia la poesía y los relatos de «los indios modernos». Además, propone una genealogía de lo que llama estudios de filología viva: esto es, estudios etnográficos de recopilación de literatura oral. El crítico literario enumera tres períodos: a) el ciclo iniciado por Azucenas quechuas (1905), que culmina con Canto Kechwa, publicado por José María Arguedas en 1938; b) el segundo período, tributario del primero, produce recopilaciones y traducciones de la literatura quechua y tendrá una intencionalidad fuertemente artística; c) el tercer período se caracteriza por criterios de fidelidad antropológica y lingüística, «se amplía el campo de atención a las literaturas amazónicas y se consolida, como género, el relato testimonial» (Cornejo, 1989, pp. 125). La clasificación de Cornejo Polar describe el camino de una vertiente del trabajo etnográfico a lo largo del siglo XX. Propone un inicio caracterizado por el estudio de tipo folclorista —antropología culturalista en términos de Degregori y Sandoval— en el marco de un mundo moderno costeño frente a un mundo rural andino, que encuentra como punto máximo de resolución al paradigma mestizo. Es decir, entre fines de la década de 1960 y mediados de la siguiente, con la consolidación de las ciencias sociales, la antropología se desligará del molde indigenista culturalista: «Por la vía del énfasis en el conflicto y la transformación, o por la del énfasis en la diversidad cultural, la antropología indigenista y culturalista de los primeros tiempos llegaba a sus límites, desbordada por la realidad» (2008, p. 39). La antropología encontrará su propia especificidad y abrirá en años posteriores su campo de estudio —estudios urbanos, etnohistoria— y aparecerán diferentes rostros de la nación; por ejemplo, se abre hacia los estudios amazónicos, pero a la vez esta apertura multicultural se verá limitada por un paradigma marxista. En el trabajo antropológico de fines de 1960 surge una vertiente marxista que será hegemónica y que nunca tendrá sintonía con la antropología de los actores de la cultura que de modo temprano se planteaba como posibilidad y que el testimonio supo acoger de inmediato. Desde esta perspectiva, «El trabajo de la antropología culturalista fue 40
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