los «usos y abusos» de la memoria, en países que han pasado o están caracterizados por profundas fracturas en su historia estos trabajos son necesarios, en particular desde las propias poblaciones locales que así lo reclaman40. Ulfe (2013) recoge nuevos testimonios en sus investigaciones, relieva la necesidad de hurgar sobre las «voces disonantes» y de tener presente cómo acercarse al «sujeto herido». Denegri y Hibbett (2016), por su parte, advierten sobre la necesidad de aproximaciones críticas en los estudios de memoria41. Las autoras reconocen que la CVR introdujo la violencia política en la agenda pública, pero que es necesario seguir investigando desde el análisis crítico del discurso. En ese sentido, explican que el «buen recordar» invita a cerrar vacíos y que ellas proponen otra manera de entender el rol ético de la memoria. Proponen «reivindicar la apertura a la incomprensión, insistir en aquello que desestabiliza», y de este modo buscan entender la fuerza presente de las catástrofes de la historia a la vez que proponen el «recordar sucio»42. En esa dirección se ubican las orientaciones generales del equipo de trabajo del Lugar de la Memoria (Del Pino & Agüero, 2014). Los autores señalan que se refieren a la memoria no como «mandato institucional» o memoria colectiva sino más bien a las memorias múltiples, contenciosas, memorias «en plural» y en lucha, y que el trabajo de memoria es como un libro abierto sin un centro. Del Pino y Agüero señalan que si bien hay memorias que demandan reconocimiento, un dolor y un nombre que merece ser reconocido, no se proponen consensuar memorias sino referirse a las memorias contenciosas43. Insisten en que no se requiere «consensuar» memorias y en que los actores están dispuestos a «ceder» para colaborar en un proyecto nacional que sirva a todos. Se trata, así, de un «proyecto en construcción» (2014, pp. 72-73). Los estudios de género han contribuido a colocar en el centro de atención a las personas, sus subjetividades y su mundo cotidiano, pero también a mostrar los modos en que se construyen jerarquías sobre la base de las diferencias sexuales, sociales y culturales. Del mismo modo, esta perspectiva informa sobre las relaciones de poder y el ejercicio de la violencia en la vida privada y en el escenario público, y los modos en que los códigos de género se articulan con la discriminación y el racismo. Las cuestiones de género están presentes desde fines de los ochenta, como hemos subrayado en la primera parte de este texto, poniendo especial atención a la situación de las mujeres antes, durante y después del 25
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