Género y conflicto armado interno en el Perú

mandato del ángel del hogar es reemplazado primero por el mandato de signo opuesto: la renuncia a la maternidad y, luego, la renuncia a la expresión de su sexualidad. Es esta nueva exigencia, y no la agencia activada por el deseo de ciudadanía y reconocimiento, la que a la larga se impondrá sobre el contingente de mujeres militantes de todas las edades y condiciones unidas por la voluntad de ruptura del orden social no solo clasista sino también machista. Se entiende, pues, el sentido de los signos de interrogación del título. En la primera parte del texto, Guerrero examina testimonios gráficos construidos por militantes senderistas anónimos (en su mayoría sin datos exactos de autoría ni fechas, aunque provenientes de las cárceles en los años ochentas) en los que aparecen mujeres indígenas fornidas, grandes, «de cuerpos sólidos y robustos, agresivas… como unas supermujeres». Llevan las polleras y las trenzas de sus madres, pero son disciplinadas y poderosas, empuñan el fusil y lo agitan en el aire impelidas por toda la furia de su linaje empozada en el alma tras siglos de abusos y silenciamiento. Estas imágenes representan el otro lado del espectro hasta ahora discutido, es decir, el de las mujeres hechas guerreras que, lejos de pedir permiso para hablar en voz alta y hacer ruido, se levantan de su opresión secular armadas y dispuestas a gritar y combatir hasta derribar al enemigo. Así, aquellos testimonios iniciales de Agustina y Asunta en los que aparecen representado el silenciamiento aplastante de las mujeres indígenas en los setenta, son colocados en perspectiva histórica por este nuevo personaje protagónico representado en serie en los testimonios gráficos de inspiración maoísta: la guerrera indígena. Sin embargo, la pregunta clave que abre Guerrero es si ese novísimo proceso de empoderamiento de la campesina senderista que requiere el desembalse de emociones reprimidas —la ira, la furia, la rabia— exige también el despojo de huellas de lo femenino en su cuerpo. Esta pregunta abre una serie de nuevas interrogantes suscitadas por el contraste que ofrece la representación de dos grupos de militantes senderistas femeninos. El primero, constituido por la fuerza de base del Ejercito Guerrillero Popular, cuestionaría con sus propios cuerpos fornidos, de movimientos deliberados y ropa ceñida no siempre carente de sensualidad, el «deber ser» tradicional de la mujer, mientras el segundo, el de las mujeres de la cúpula cuya foto reproduzco abajo, insistiría en el cuestionamiento, pero desde la austeridad y la neutralidad del marianismo (nótese la ausencia total de maquillaje, además de los cuellos subidos, las 159

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