En esta misma línea me gustaría añadir que una de las testimoniantes incluidas en el estudio de Crisóstomo nos informa que fue violada de adolescente, y que al quedar embarazada inició su etapa productiva de mujer adulta. Sin embargo el dato de la violación no es considerado relevante en el análisis del discurso testimonial. Todo lo cual sugiere que las identidades de madres y esposas desde la que se posicionaron estas seis testimoniantes parecería que fueron suficientes para ocluir su condición de víctimas de la violencia sexual. La oclusión operaría entonces no solo al interior del sujeto femenino —que habla de crímenes contra otros pero silencia el crimen cometido contra su propio cuerpo— sino también en las escuchas presentes en la cadena de producción del testimonio. Al no detenerse en la violencia sexual y reclamar justicia o reparaciones frente a ese crimen, las declarantes se estarían identificando como sujetos violables, o gine sacras, y al hacerlo estarían naturalizando o, en el mejor de los casos, banalizando la violencia de género107. La gine sacra es la violable, es decir, es el sujeto sexualizado en clave violenta y definido en su potencialidad de cuerpo penetrable por el hombre, no solo por el adversario en tiempos de guerra, también por el enamorado, esposo o pariente en tiempos de paz108. De las seis testimoniantes que examina Macher, las únicas que no se refieren a un acto de violencia sexual son las dos dirigentas campesinas, Marina Janampa y Mercedes Calcina109. En cambio Olga Huamán, Nemesia Bautista, Celestina Flores y Silvia Flores, identificadas con el espacio privado de la familia y con su rol de madres y esposas hacen mención a ello, aun si no lo elaboran. A la huella que el espacio doméstico imprime en estos testimonios de género, o «testimonios otros» (Henríquez) que refiere Macher por su enfoque en los ciclos cotidianos de vida antes que en los acontecimientos heroicos y colectivos propios de la épica del varón, habría necesariamente que articular la violabilidad que constituye la otra cara de la huella del género femenino110. Podríamos sugerir además que la participación femenina en el espacio público estaría en relación inversamente proporcional al peligro de convertirse en víctimas de violencia sexual, mientras que la identificación de las mujeres con su entorno doméstico estaría en relación directamente proporcional a su violabilidad. Así pues más violable es la madre, la esposa y la joven, que la dirigenta que se mueve en los espacios de autoridad pública identificados con la actividad masculina. Si seguimos esta lógica, las mujeres domésticas se encuentran más cerca del estado de excepción como estructura social que las destituye permanentemente de su 157
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