Género y conflicto armado interno en el Perú

sido construidas en la socialización propia de la esfera del trabajo es revelador no solo de las políticas de género que enmarcan estas memorias, sino también del silenciamiento o de ciertos «olvidos» que exige el mandato de esposa en la sociedad andina. Sugiere la autora, sin embargo, que tratándose de un caso de «reproducción» de los estereotipos de género desde los intersticios del discurso del poder —es decir, los intersticios de la agencialidad evidentes en estas historias de vida— habría una diferencia. La conclusión es sugerente, pero queda pendiente para un trabajo futuro la elaboración detallada que dé cuenta de los modos en que la reproducción de los estereotipos desde la agencialidad de las dirigentas de ANFASEP produce esa diferencia. Para ello se podrían tomar en cuenta las estrategias de construcción del yo en la tradición autobiográfica occidental clásica, entre las que resalta la prosopoepia, o el necesario juego de máscaras al que recurre el sujeto autobiográfico para proyectar eficazmente la imagen requerida del pasado en el presente105. Si los criterios de selectividad del pasado se deciden en función del lugar de enunciación del presente, sería importante examinar más detenidamente como se resignifica en la memoria este tropo («la necesidad de estar al lado del esposo») y cuál es su relación con las jerarquías hegemónicas de género. Finalmente, no sobra señalar que si las madres de ANFASEP comparten el mandato de representarse en público como seres incompletos sin sus esposos es porque la correlación de fuerzas y el antagonismo de género dominantes siguen intactos, lo que abona a la crítica al «buen recordar» elaborado en páginas anteriores. Un silencio compartido a gritos en estos testimonios, sugiero, es el de la violencia sexual. En el artículo de Huaytán se advierte el modo en que la reiteración de los vocativos basurizantes de «perra» y «puta» con los que el funcionario municipal o el propio marido insultan a Asunta para ponerla en su sitio, no solo naturalizan la sexualización de la violencia de género sino que además producen silencio respecto del tema106. La producción de este silencio constituye también un hilo conductor entre los testimonios ofrecidos por las madres y jóvenes que examina Macher en las audiencias públicas, aquellos de las presidentas de ANFASEP analizados por Crisóstomo, y los de Asunta y Agustina del artículo de Huaytán. Si de las seis testimoniantes del artículo de Macher, cuatro fueron violadas (o «casi»), ninguna de ellas declaró en su calidad de ciudadanas violadas, como bien lo señala la autora, sino de madres o esposas de desaparecidos. 156

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx