Género y conflicto armado interno en el Perú

y un reconocimiento importante en la academia estadounidense, aun si no se pudiera decir lo mismo en el caso latinoamericano. Es desde ese nuevo lugar de enunciación que se abre gracias a los reclamos feministas del norte, que aparece el criterio de inclusión del nombre de Asunta. La palabra amedrentada y apenas audible de los testimonios que inauguran este libro contrastará claramente con aquella más politizada de quienes dos décadas más tarde ejercerán su papel testimonial apropiándose del espacio público a su alcance con el propósito de demandar derechos sociales y civiles en nombre de otras mujeres. Esto es ciertamente lo que nos sugieren las autoras del capítulo dos y tres en su análisis de los testimonios de mujeres indígenas de épocas, edades y regiones diversas. Tal contraste entre dos grupos surgidos en apenas dos décadas constituye otra razón para indagar en la temporalidad lineal del progreso desde la que se organiza el conjunto de estos cuatro estudios y para considerar temporalidades alternativas que puedan acoger los reveses y retrocesos del proceso de emancipación de la palabra del sujeto subalterno femenino. Una mirada que narrativiza este progreso en el posicionamiento de las mujeres indígenas testimoniantes desde los setenta hasta la vuelta del siglo es la que nos plantea Sofía Macher en su artículo «Mujeres quechuas: agencia en los testimonios de las audiencias públicas de la Comisión de la Verdad y Reconciliación». La tesis central de Sofía es que un número significativo de mujeres testimoniantes quechuas supieron utilizar el espacio propiciado por la CVR en las audiencias públicas (2002) para sacudirse de la posición de víctimas tan común en los testimonios antropológicos de décadas anteriores, y negociar desde esta renovada posición su propia agencia. Este universo de mujeres que encuentran su agencia y «logran modificar la historia del conflicto» está representado por las dirigentas Marina Janampa Vallejos (Huancavelica), Mercedes Calcina Machado (Puno), las jóvenes Celestina Flores Zevallos y Silvia Flores Zevallos (Ayacucho) y las madres Olga Huamán (Huancavelica) y Nemesia Bautista (Ayacucho), todas testimoniantes en las audiencias públicas organizadas por la CVR en 2002. Gracias a este proceso, propone Macher, las mujeres campesinas cuyos testimonios ella analiza en este capítulo se habrían atrevido a desmentir «la historia oficial» para reescribirla en el proceso mismo del testimoniar. Aún si no se ofrece una definición —tampoco una descripción— de esta historia oficial, se podría entender que se trata de la interpretación que sobre el pasado violento formalizara el gobierno fujimorista con el fin de legitimarse y mantenerse 151

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