cumplían el rol de dar el tiro de gracia y de ejercer un marcado liderazgo dentro de la organización subversiva. Según Maruja Barrig (1993), a fines de la década de 1960 el gobierno militar dio inicio a una política de afianzamiento de la educación pública, cuyo acceso se convirtió en una forma de ascenso social durante la década de 1970, aun cuando no se ajustaba a las expectativas de los jóvenes75. En ese contexto, Gamarra (2010) sugiere que en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, luego de una generación académica ligada a la reapertura de la universidad en 1959, surge una generación clasista, varios de cuyos miembros se integrarían a la lucha armada que inició el PCP-SL a inicios de los años ochenta. Asimismo, en 1973 el PCP-SL creó organismos como el Movimiento Femenino Popular (MFP) (CVR, 2003) con el objetivo de expandirse más allá del ámbito universitario ayacuchano y ampliar la captación de la población femenina. Así, la amplia participación de mujeres en el MFP y en la lucha armada del PCP-SL, junto con el desarrollo del movimiento feminista y el liderazgo de muchas mujeres en los sectores populares desde la década de 1970, fueron marcando un sujeto femenino que empieza a tener posicionamiento en la política, aunque muchos partidos de izquierda planteaban resistencias pues todavía veían en estas mujeres una labor de soporte antes que de liderazgo. Es así que el PCP-SL seduce a muchas de estas jóvenes a través de un discurso de igualdad y liberación. Cabe preguntarse qué sucede en el imaginario de una nación cuando una mujer decide ejercer violencia. ¿Qué cuestiona esta toma de posición por la violencia en un cuerpo de mujer? Para empezar, lo femenino y lo masculino se reencarnan constantemente en cuerpos específicos —de mujer y hombre respectivamente— y al mismo tiempo existe la ilusión de que ambos se mantienen en igualdad de condiciones. Sin embargo existe una jerarquía en la cual lo masculino es superior a lo femenino, jerarquía que se actualiza una y otra vez en el imaginario social a través de referencias a la debilidad o a la doble naturaleza de lo femenino. La filósofa Françoise Héritier (2012) afirma que —contrariamente a la violencia masculina, que es percibida como legítima— «la violencia de las mujeres es considerada como la expresión del carácter animal y cuasi deshumanizado de su naturaleza» (p. 84). Evidentemente, esta definición nos devuelve al estereotipo de la mujer y su doble naturaleza imposible de definir y, por tanto, necesitada de dominación y límites. 123
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