minimizar la situación de vulnerabilidad de las personas que vivían directamente el conflicto. Con el «nos» me refiero a las personas e instituciones que desde el movimiento de derechos humanos acompañamos a las personas que vivían directamente el conflicto armado, así como a los académicos de las ciencias sociales y jurídicas que nos centramos en identificar víctimas, victimarios, dinámicas y patrones de afectación desde la perspectiva de la justicia transicional. Ante las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, desde distintas vertientes se optó por la categoría de víctima como una estrategia para hablar, enfrentar y situarse ante el conflicto armado. De otro lado, es pertinente también contextualizar la crítica que ahora planteo: estamos en un proceso posconflicto y post CVR que nos permite mirar otras dimensiones de los actores del conflicto y también les permite a las presidentas de ANFASEP enfocarse y narrarse desde otras dimensiones y momentos de sus vidas e historias. Sobre esto Levi (2011) decía que nuestros recuerdos no están grabados sobre piedra y no solo tienden a borrarse con los años sino que, con frecuencia, se modifican o incluso literalmente aumentan, incorporando nuevas y distintas facetas de nuestras experiencias de vida. Los efectos de homogeneizar y ‘desempoderar’ a las presidentas de ANFASEP contribuyeron sin quererlo a la construcción y potenciación de las jerarquías entre lo urbano y lo rural, entre los alfabetos y los no alfabetos, entre los castellano-hablantes y quechua-hablantes. Si bien en las interacciones humanas siempre hay relaciones de poder y subalternización, durante el conflicto estas se ahondaron y fortalecieron. Esto no solo se dio en el ámbito del activismo sino también se trasladó a los espacios de producción de conocimientos. Incluso yo misma he caído en esta situación. No planteo que desde la academia y el movimiento de derechos humanos se haya pensado en las mujeres de ANFASEP como inferiores; en el contexto de guerra y ante la emergencia nos centramos en su testimonio de violencia y en la forma como vulneraron sus derechos humanos, destacamos sus roles como sobrevivientes, heroínas, luchadoras y víctimas. Sin embargo, olvidamos, por ejemplo, los matices sobre su identidad, pertenencia o vinculación política. Mohanty (2008), en su crítica al discurso colonial, se centra en cuestionar la producción epistemológica que se hace de la mujer del tercer mundo como un sujeto monolítico singular, como un grupo ya constituido 113
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