acápite anterior, después de esta experiencia ellas se casaron y tuvieron más hijos. Les pregunto a mis interlocutoras si la primera vez que quedaron embarazadas, antes de los dieciocho años, deseaban ser madres: todas respondieron categóricamente que no en ese momento. La frase «Siempre pienso qué hubiese sido de mí si no hubiera salido embarazada» denota una reflexión y balance previo sobre la edad de inicio de su maternidad. De otro lado, la tensión entre la intención de Adelina de trabajar para contribuir en la economía del hogar y para sentirse ocupada y útil, y la negativa de su esposo ante esta posibilidad nos hablan de estas experiencias y socializaciones diferentes. Ella justificó esta negativa de su esposo: «Antes, las esposas no trabajaban, en el campo mayormente era así, el varón trabajaba, era el sostén del hogar y las mujeres en la casa, con los quehaceres de la casa». A modo de pregunta, reflexiono con ella sobre si las mujeres criaban y vendían animales y productos agrícolas en las ferias, a lo que ella responde «Sí, pero siempre al lado de su esposo». Este relato de Adelina es indicativo del poder e influencia de la cultura y el sistema de género hegemónico y occidental que ocasiona que mujeres como Adelina, que han tenido referentes de madres que sacaron adelante a sus hijos sin tener al lado al esposo, sean invisibilizados. La idea hegemónica de que las mujeres no trabajan sin la ayuda de esposo es tal, que lleva a olvidar y por lo tanto silenciar los referentes tempranos propios con el trabajo y la producción con el que las mujeres rurales de Ayacucho se han socializado. La violencia y el abandono también estuvieron presentes en la vida de mis interlocutoras. Elena transcurrió sus primeros ocho años viviendo fundamentalmente en las punas, al cuidado de su hermanastra. En referencia a esto señala: «Yo he vivido en medio de una violencia que me pegaba por no cuidar bien a los animales y porque no cocinaba bien». En las conversaciones que tuve con ella narró la forma cruel en la que esta hermanastra le exigía que cocine y pastee a los animales. Ella misma le replicaba: «Pero yo tengo ocho años y no puedo evitar que algún zorro o cóndor se robe las ovejas». Esta pérdida del ganado era sancionada con golpes y maltratos. También recuerda: «De niña vivíamos en un terror, mi padre nos maltrataba, vivíamos en una violencia, cuando tomaba nos maltrataba». Ante estas circunstancias, Elena ideó diversas estrategias para escarpar de esa situación de violencia. Primero optó por quedarse con su tío en Huamanga y luego fue a la casa de una prima en Ocros, pero allí también vivió situaciones de violencia y no tuvo ninguna remuneración 109
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