cambiado para peor en el diario y no trabajaba a gusto. A los pocos meses, en 1992, La Tercera fue cerrado definitivamente. Prácticamente con La Tercera se cerró mi capítulo personal en la prensa escrita. En los años noventa estaba más identificado como un hombre de radio y televisión, a pesar de que fui jefe de deportes del diario El Mañanero entre 1993 y 1994, y luego pasé brevemente por otros periódicos como El Chato, La Yuca y Primicia, publicando mi columna «Abriendo juego». Yo me formé en prensa escrita y a lo largo de mi vida me he sentido muy cómodo tecleando en una máquina de escribir — siempre la preferí a la computadora—, pero en mi etapa final como periodista ya había sido ganado por el mundo de la radio y la televisión. Que también tiene sus encantos y sus bemoles, como les paso a contar de inmediato. 5. EL MUNDO DE LA TELEVISIÓN Con el gran suceso radial que tuvo Ovación desde su aparición en 1964, el siguiente paso natural del equipo dirigido por Pocho Rospigliosi era ingresar a la televisión, un medio que desde los años sesenta se popularizó rápidamente en nuestro país. En 1969 muchas familias peruanas se compraron su primer aparato de televisión, en blanco y negro, para poder seguir dos transmisiones: la llegada del hombre a la Luna y los partidos de las eliminatorias de México 1970. Así de grande era la expectativa que existía por la campaña del seleccionado dirigido por Didí, que no defraudó a los aficionados. Pocho tuvo algunas experiencias televisivas iniciales entre los años sesenta y setenta —como un programa llamado Ovación en Canal 4—, pero su apogeo en este medio, sin duda alguna, lo alcanzó con el inolvidable Gigante Deportivo. Este programa comenzó a transmitirse desde 1980 en Canal 5 —estuvo seis años en el aire— y era un monstruo que constaba de diez horas todos los fines de semana: iba sábados y domingos de once de la mañana a cuatro de la tarde. Tamaña empresa hubiera asustado a cualquiera, pero no a Pocho, que era feliz trabajando. Pocho tenía un estilo propio que los productores de televisión no entendían, pero que arrasó en sintonía. No le gustaron las escenografías propuestas y, para espanto de los especialistas, recreó una especie de sala de redacción como fondo —con periodistas escribiendo a máquina, revisando cables, hablando por teléfono—, mientras él presentaba las 405
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