la Reforma Agraria. De Palacio enviaron instrucciones a todas las redacciones deportivas, donde se especificaba paso a paso la forma en que debía cubrirse la gira con Valeriano y Barbadillo. En 1981 Conrado Falco sufrió un derrame cerebral y estuvo varios meses en coma hasta fallecer en enero de 1982. Ese hecho causó una profunda tristeza entre quienes trabajábamos en Última Hora y la sección deportiva estuvo tambaleante durante algunos meses. Primero asumió la jefatura del área Roberto Salinas, pero al poco tiempo se fue a un nuevo diario, El Observador. En su reemplazo entró Alberto Best, con quien se estabilizaron las cosas. Pero ya el diario había entrado en decadencia, La Prensa y Última Hora tenían muchos problemas económicos. Ambos fueron cerrados en 1984, pero yo salí un año antes, al aceptar un ofrecimiento que me hicieron de La Tercera para entrar como jefe de deportes. Yo me fui corriendo, no porque Última Hora hubiera sido una mala experiencia, sino por todo lo que representaba para mí La Tercera, donde había trabajado tantos años, donde aprendí el oficio, donde hice mis primeros artículos y viajes. Era como volver a casa. Yo había salido de La Tercera en 1974, regresé en 1983. Obviamente, las cosas habían cambiado. El diario no pertenecía más a la familia Prado Ugarteche; había pasado a ser del Estado, aún tras el retorno de la democracia y la libertad de prensa en 1980, y formaba parte de la Empresa Editora Perú junto al diario oficial El Peruano. Ni por asomo alcanzaba el esplendor de su mejor etapa —entre los años cincuenta y setenta, con Pocho Rospigliosi—, pero hice mi mejor esfuerzo para sacar adelante ese periódico que tanto quería. Tenía como colaboradores a Carlos Chocano, Samuel Castillo, Manuel Paz y otros, y creo que logramos mantener la identidad de La Tercera como un diario básicamente deportivo, con sus secciones habituales como la Coctelera; por supuesto, en sus páginas reapareció mi columna «Abriendo juego». Gracias a La Tercera asistí a los mundiales de México 1986 e Italia 1990, pero lamentablemente nuestro fútbol vivía una época de crisis que nos marginó de esas dos competencias. A partir de los años noventa, con el ascenso de Alberto Fujimori al poder, empezó a barajarse la posibilidad de que el diario cerrara. Los periodistas no podíamos trabajar con tranquilidad, había limitaciones económicas, muchas presiones, exceso de burocracia, y yo terminé jubilándome al cumplir treinta años de servicios en La Tercera —sumando mis dos etapas — a fines de 1991. Lo hice sin mayor tristeza, pues las cosas habían 404
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