claudicar de tu función periodística y yo nunca lo hice, por algo tengo más de cincuenta años en el oficio, con una trayectoria reconocida. Cuando ha habido que criticar siempre lo he hecho —a veces hasta con exceso— y el público sabe cuál es mi estilo: la verdad directa, frontal, sin medias tintas. Si alguien ligado al deporte ponía publicidad en mi programa, eso no tenía nada que ver con el tenor de mis opiniones; si algún dirigente nos ayudaba en un viaje para cubrir información, eso no cambiaba para nada nuestra posición: si había algo que alabar, se alababa; si había algo que criticar, se criticaba. ¿Ustedes creen que alguien me iba a decir a mí o le iba a decir a Pocho lo que teníamos que opinar bajo la amenaza de retirar un auspicio? ¡Qué poco nos conocen! 4. MI PASO POR ÚLTIMA HORA Y LA DESPEDIDA EN LA TERCERA Volvamos al año 1974. Entonces yo trabajaba en diferentes medios, pero La Tercera era mi principal fuente de ingresos, mi base de operaciones, el medio al que más tiempo le dedicaba. El resto eran, como se dice, cachuelos, trabajos por horas que se hacen para completar el presupuesto familiar y porque el periodismo me apasiona tanto que no tenía problemas en cumplir jornadas de catorce horas diarias. Aparte de ser redactor de La Tercera, era corresponsal de la agencia soviética Nóvosti y del diario colombiano El Espectador. También trabajaba con Pocho en la radio y la revista Ovación, que comenzó a publicarse con ocasión de las eliminatorias para el Mundial de Alemania, en 1973, y que llegaría a tirar más de setenta mil ejemplares cuando Perú ganó la Copa América en 1975. Salir de un día para otro de La Tercera fue durísimo. Al poco tiempo Pocho fue contratado por Extra, pero no pudo llevarse a su equipo de trabajo, entró solo. Lolo Salazar ingresó a la agencia de prensa Andina. Yo pasé una etapa muy difícil, incluso barajé seriamente dos posibilidades que hubieran significado un vuelco total en mi vida: la primera fue dejar el periodismo, pues un amigo me ofreció administrar un grifo, lo que significaba un alejamiento total del oficio que había ejercido por casi dos décadas y que me apasionaba; la segunda fue dejar el Perú e instalarme en Colombia, pues Carlos Antonio Vélez me ofreció trabajo en Bogotá, en el diario El Espectador. Con el apoyo de mi familia y de algunos amigos pude sobrellevar esas épocas de vacas flacas sin renunciar al periodismo ni 401
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