veces le pedía que se lo llevara. La noticia de La República me estremeció, no lo había vuelto a ver desde esos meses finales de 1989 —poco después salí del país a estudiar el doctorado—, y la vida nos llevó por otros caminos, pero las notas y transcripciones quedaron a buen recaudo. También las memorias de esas inolvidables conversaciones. Hace algunos meses volví a sentirlo cerca, abrí cajas en busca de los materiales de las conversaciones tenidas hace ya 18 años, y decidí trabajar un texto que pudiera incluir en este libro. Al terminar la tarea la noticia golpea. Pero no, el maestro Varleiva no ha muerto, su memoria queda en los recuerdos de muchos que lo conocieron y en las siguientes páginas donde nos habla de su propia vida. Honor al maestro. 2. PRIMEROS AÑOS Nací en Lima el 17 de octubre de 1913, en el callejón Huarochirí de la calle Carmen Alto en Barrios Altos. He vivido allí hasta 1946, luego me mudé al jirón Maynas, y de ahí, en 1956, al jirón Huamalíes, donde vivo actualmente. Siempre he vivido en Barrios Altos, por aquí nomás. Fui a un colegio que quedaba en el barrio Los Naranjos, allí terminé la primaria en 1929, casi a los 17 años; antiguamente así terminábamos la primaria, no como ahora que los muchachos terminan a los 12 años. Cuando terminé mi primaria estudié la carrera comercial en un colegio de varones que fundó Sánchez Cerro por los años 30, y allí aprendí taquigrafía y mecanografía. En ese colegio enseñaban carpintería, dibujo, comercio, todo. Ahí enseñaba carpintería el Mago Valdivieso, y el jefe del taller era el papá del cabezón Mifflin; en esa época había pocos colegios cerca del barrio. Después estaba el Guadalupe donde iban los hijos de los militares, de los doctores. No había muchos colegios pues, así que mi hermano vio una publicación de ese colegio vocacional y mi vieja me inscribió y ahí aprendí. Estudié dos años y me pasé a la Academia Augusto Bambarén que quedaba por el jirón Cailloma. El último año, para recibirme no pagué nada pero en cambio les enseñaba a los muchachos de la sección mecanografía. Mi vieja quería que yo siguiera la profesión de contador pero no me gustaban los números, a mí me gustaba leer, fíjate que me devoraba los periódicos, pero mi vieja se amargaba, me decía: «¡qué vas a sacar con esos papeles!», ¡uy!, se daba unos amargones, pero yo no daba mi brazo a torcer. Empecé a trabajar en una zapatería y eso me ayudó bastante, el 371
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