jugar partidos no oficiales en los alrededores de Lima, y, según Stokes, «no sería una exageración decir que, en cierto modo, los aliancistas optaron en 1929 por un fútbol popular y nacional, y rechazaron el fútbol centralizado y orientado hacia el extranjero que era el deporte en manos de la Federación» (1986, p. 245). Esta situación es sintomática de las tensiones que existían entre visiones en conflicto acerca de la identidad nacional, donde la versión que se basaba en lo blanco, con miras europeas, buscaba seguir imponiéndose sobre otras versiones que ya le hacían competencia. Sin embargo, esta versión tradicionalmente hegemónica salió perdiendo, tanto en la cancha (la selección «blanca» perdió los tres partidos que jugó en el Mundial de Uruguay) como en la sociedad en términos más amplios. Un año después de ser expulsado, el Alianza Lima pudo reincorporarse a la Liga, pero solo después de una reorganización administrativa del club, que vio a Juan Bromley, un alto funcionario de la Municipalidad de Lima, asumir la presidencia. Esta situación, que representó de cierta forma la asimilación del Alianza Lima a las estructuras oficiales de la capital, se ve reflejada en el escudo del club que se diseñó bajo la presidencia de Bromley, en el que las rayas blancas y negras del club se ubican por debajo de tres coronas y una estrella de Belén —símbolos, con claras connotaciones coloniales, que forman parte del escudo de la ciudad de Lima—. Para Stein, todo esto significó que el club «se vio forzado a abandonar su fútbol que representaba, en cierto modo, la cultura popular autónoma —la única forma de la cultura popular, pensamos, que hubiera dejado espacio a que surgiera a través del deporte la solidaridad y conciencia colectiva de los sectores populares—» (1986, p. 161). Lo que nos enseña este episodio, es que mientras las estructuras de los sectores hegemónicos buscaban (con cierto éxito) poner freno a la autonomía popular, manteniendo así el statu quo, por lo menos de manera superficial, no se podía negar la entrada de las clases populares en el ámbito nacional. De hecho, en otra ejemplificación del valor simbólico del fútbol como conflicto ritualizado, varios de los miembros de la selección que ganó a Austria en los cuartos de final de las Olimpiadas de Berlín eran negros, mulatos y mestizos (de ahí el disgusto de Hitler); y cuando la delegación peruana regresó a Lima, Alejandro Villanueva fue recibido como héroe por el presidente Benavides. En esa época, entonces, el fútbol servía como barómetro de los esfuerzos del Estado oligárquico por afirmar su posición y de los esfuerzos simultáneos de las clases populares por establecer un lugar y una voz propios en la sociedad nacional. 314
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