observaciones de campo me indican que lo primero que hicieron al salir de sus casas fue cooperar, los conflictos vinieron después, como una consecuencia «natural» de esos iniciales ejercicios de cooperación. Desde este punto de vista, se puede afirmar que una pandilla es más una peculiar forma de relacionarse que un grupo sólidamente estructurado. Esta forma de relacionarse pasa de, encontrarse por diversas causas y asumir colectivamente conflictos individuales, a juntarse para disfrutar los múltiples beneficios de un colectivo y sus enfrentamientos con otros grupos similares. La lógica de compromisos selectivos con la que estos jóvenes navegan socialmente provoca que se pierda lo que dentro del esquema teórico de Heller constituye una de las posibilidades más eficaces de «construir» igualdad. Utilizando las palabras de los jóvenes entrevistados podemos afirmar que diariamente cientos de niños en nuestra ciudad construyen una sociedad de paradores, en la que los que quedan fuera de los límites de la pequeña comunidad local son simples parroquianos o sanos desconocidos. Utilizando el esquema teórico de Alexander podemos afirmar que la palabra pandillero es parte de ese elaborado código simbólico que la sociedad civil emplea para señalar quién es amigo y quién enemigo. Con esta palabra hablamos de jóvenes de bajos recursos económicos que construyen sociedades cerradas, desconfían de sus semejantes, personalizan sus lealtades, y no manifiestan conformidad con las normas que nos igualan (aunque no sean los únicos ciudadanos que privilegian sus compromisos personales y sus intereses individuales). Es cierto que la jerga que los distingue les sirve para dar cuenta del peculiar mundo de vinculaciones y desvinculaciones que han construido. En este sentido, estas palabras son el resultado de prácticas sociales distintas. Pero también es cierto que las palabras sirven para pensar, aprehender, ordenar y limitar nuestra manera de ver el mundo. Aprender desde pequeño a dividir la sociedad entre paradores y parroquianos dificulta la expansión y el fortalecimiento de esos sentidos de pertenencia de mayor amplitud que nos permiten asumir compromisos con personas distantes y diferentes. El común denominador de las palabras que caracterizan la jerga de estos jóvenes es esa lógica de compromisos hacia adentro y desconexiones hacia afuera. En dos dimensiones: normativa y emotiva. Por ejemplo, abasar es la palabra que usan para expresar que, las personas con una socialización similar a la de ellos, se sienten seguras dentro de los límites de sus barrios 284
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