Ese gol existe 2da edición

reciprocidad. Es la palabra que una vez pronunciada desvanece la magia en torno a estos vínculos sociales de función múltiple. El colectivo barrial señala de esa manera a aquel que pone en riesgo la supuesta armonía que debe reinar en la red. Cuando alguien asalta a alguien del barrio o golpea a los menores, es estigmatizado con el término atorrante. Ser considerado así por la comunidad local es sumamente grave. Se le considera un verdadero peligro, ya que no es capaz, siquiera, de respetar las elementales normas construidas en la intimidad del barrio. En resumen, dentro de este campo social un atorrante es un sujeto públicamente ganado por el autointerés. Hay que tener en cuenta que también se trata de una palabra frecuente para juzgar interacciones no trascendentales. Al parecer esta palabra se ha trasladado, de su función original como sanción para faltas graves, al lenguaje de la vida cotidiana, ámbito en donde sirve para sancionar con humor los pequeños egoísmos. Por ejemplo, cuando no se deja que el compañero tome un trago de la misma bebida o no se comparten las galletas. Pero cuando el sujeto se siente defraudado en un episodio de trascendencia (como por ejemplo haber sido abandonado en las calles frente a los enemigos o no haber sido defendido de las reacciones violentas de una víctima de robo) esta palabra vuelve a su función original y sirve para manifestar la rabia y la indignación. No solo el significante y el significado pueden llegar a ser distintivos, un tercer elemento es la carga emocional con la que se utilizan las palabras. 10. SOLIDARIDADES RESTRINGIDAS Y SOSPECHAS «Culpa», en su calidad de sentimiento que nos advierte que no hemos obrado de acuerdo a norma (que no hemos hecho lo que se esperaba), puede ser considerado un sentimiento «reparador». Pero, ¿qué sucede cuando se trata de relaciones entre individuos que no se consideran parte de la misma comunidad?, ¿qué pasa cuando no hay un vínculo previo que reparar? Lo que se evidencia en las actividades distintivas de los jóvenes considerados pandilleros (las peleas y los robos) es que sus vínculos de responsabilidad más allá del grupo son demasiado escasos y limitados. En el caso de los guerreos estos jóvenes aseguran no sentir ninguna «culpa» cuando lastiman a alguien del grupo contrario. Argumentan que se trata de 281

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