estructura solidaria en la que el respeto mutuo y la integración social expansiva han quebrado» (Cortina, 1998, p. 149). De acuerdo con Alexander, este discurso acerca de los motivos y las relaciones se extiende hasta la comprensión de las instituciones que se construyen en sociedad: [...] si los miembros de una comunidad nacional son irracionales en cuanto a los motivos y desconfiados en las relaciones sociales, edificarán, naturalmente instituciones que son arbitrarias más que reguladas por normas, que subrayan más el poder bruto que la ley y la jerarquía más que la igualdad, que son más excluyentes que integradores y fomentan la lealtad personal por encima de la obligación impersonal y contractual (Alexander, 2000, p. 149). 3. VINCULACIONES Y DESVINCULACIONES Líneas arriba se ha visto cómo corremos el riesgo de mirar la sociedad como un conjunto de partículas sin vinculación o como un conjunto de colectivos irreconciliables. Tal vez ese riesgo nos acecha porque generalmente perdemos de vista ese poco concreto cuerpo de intereses y obligaciones mutuos que nos permite sentirnos miembros de un colectivo mayor y diluir nuestras membresías e identidades particulares. Una de las tareas más importantes para la coexistencia social es el fortalecimiento de sentidos de pertenencia cada vez más abstractos y de mayor amplitud que nos permitan entrar en diálogo y reconocimiento con otros que tenemos por distintos. Para ser efectivos, dichos sentidos de pertenencia tienen que facilitar sentimientos de «igualdad» entre personas distantes cultural y geográficamente. Pero, la «igualdad» no es una condición intrínseca a la naturaleza humana, sino que se define alrededor de una gran diversidad de elementos (lo mismo que la «desigualdad»). El modelo que traté de construir luego de mi trabajo de campo para entender las acciones y motivaciones de los jóvenes etiquetados como pandilleros, considera los sentimientos y las normas como elementos teóricos claves para entender las «igualdades» y «desigualdades» que se construyen cotidianamente. Hoy en día, el sentido de pertenencia más efectivo con el que contamos es el nacional, pero también es uno de los más problemáticos, ya que su vigencia depende de un equilibrio de inclusiones y exclusiones, a nivel externo e interno. Edgar Morín, por ejemplo, opina que aunque en apariencia nuestros estados-nación han agotado su «función histórica», aún representan «una fuerza antropohistórica considerable que debe avanzar 262
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