aprovechó Alberto Fujimori, un desconocido candidato sin partido ni organización, para ganar sorpresivamente las elecciones generales de 1990 y convertirse en presidente del Perú. Fujimori, una vez en el poder, aplicó con dureza un programa de estabilización económica neoliberal patrocinado por la banca internacional y acentuó el poder militar con el objetivo de derrotar a la subversión. Los efectos de ambos procesos marcaron profundamente las características actuales de la sociedad peruana: mayor pobreza, prepotencia y corrupción. En este contexto, como señalamos en un artículo anterior, el fútbol fue tomado como un medio para canalizar rivalidades sociales; pero sobre todo como un espacio para el ejercicio de distintas formas de violencia física y simbólica por parte de grupos de jóvenes, en su mayoría pobres, organizados territorialmente en pandillas, y que compartían una lealtad futbolística determinada (Panfichi & Thieroldt, 2002). En esta oportunidad queremos prestar atención al proceso cultural que acompaña la formación y consolidación de las barras que siguen a los clubes Alianza Lima y Universitario de Deportes. Específicamente, nos interesa dilucidar cómo los grupos organizados de barristas heredan y cuestionan algunos aspectos de las identidades primigenias de ambos clubes, sobre todo sus identificaciones de clase y raza, para proponer elementos de identidad más generales e inclusivos que apelan a todos los grupos sociales. La propuesta de los grupos de barristas organizados tuvo un fuerte asidero en la realidad: ambos clubes ya habían trascendido sus fronteras sociales originales. Los discursos apelaban a particularismos y la realidad otra: detrás de cada equipo habían hinchas de toda condición social, económica y cultural. Para esto, los hinchas han conservado aquellos valores de las identidades fundacionales que hacen referencia a estrategias de organización y competencia: intimidad-corazón; empuje-garra, desechando anclajes de clase y raza. Así, los amigos y enemigos no se diferencian por su condición económica o color de piel, ni por la militancia partidaria o religiosa, sino por la aceptación o el rechazo de los significados que encarna cada una de estas identidades colectivas. Los esfuerzos de los barristas por superar los anclajes iniciales de clase y raza dieron lugar a fuertes luchas o rupturas generacionales al interior de las barras, formándose bandos antagónicos e irreconciliables, donde unos decían defender la manera tradicional o histórica de hacer las cosas frente a los que proponían «cambios radicales». 247
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