posibilidad de ajustar cuentas pendientes con otros reclusos: el ingrediente de competitividad que trae consigo el deporte —sumado, naturalmente, a los muchos otros factores de conflicto que existen al interior de las prisiones—, hizo inevitable que con frecuencia partidos «amistosos» de fútbol se convirtieran en escenarios de peleas sangrientas entre reclusos. En mayo de 1930, un recluso murió como resultado de las heridas producidas por arma cortante durante un partido de fútbol en la penitenciaría de Lima174. También se producían robos durante los partidos, tanto a los propios jugadores como a las diversas instalaciones de las prisiones, aprovechando la distracción de la mayoría de presos y guardias. En junio de 1939, el tesorero del Club San Martín, Martín Luque, sufrió el robo de 180 soles mientras jugaba fútbol en la penitenciaría. La mayor parte del dinero robado (120 soles) pertenecía al Club y estaba destinado a la compra de sus camisetas175. En otras ocasiones la distracción producida por el fútbol era aprovechada por algunos presos para intentar fugarse. Ese fue el caso de Santiago Salcedo, un marinero acusado de sedición política, quien en julio de 1935 logró fugarse de El Frontón aprovechando de una competencia de fútbol y béisbol organizada con ocasión de las Fiestas Patrias176. Pocos meses antes, en abril del mismo año, tres reclusos de El Frontón, Pablo Aguirre Arguedas, Máximo Febes Paredes y Domingo Velásquez Cruz, intentaron fugar de la colonia penal en una balsa hecha con los parantes de los arcos de la cancha de fútbol, las mesitas de noche que tenían en sus celdas, unas latas de agua y un pedazo de cuero de lobo. Lamentablemente, la balsa se desintegró en el mar y los tres fueron recapturados177. Otro efecto frecuente de los partidos de fútbol eran los golpes y las lesiones que sufrían los presos, lo que constituía un motivo de preocupación para las autoridades, habida cuenta de que los inhabilitaba para el trabajo. En mayo de 1930, al final de un partido de fútbol, seis presos necesitaron atención médica y solicitaron descanso debido a las contusiones sufridas. El médico de la prisión, Carlos Bambarén, expresó su preocupación porque dichas lesiones podrían «aminorar su trabajo en los talleres»178. En otros casos, el argumento de la práctica del deporte era utilizado por las autoridades para denegar solicitudes de traslado a otros centros de reclusión —una costumbre muy común entre los detenidos que buscaban (a veces ilusamente) mejorar sus condiciones de encierro trasladándose a otra prisión—. Este fue el caso del aprista José Melgar Márquez en 1934 y del detenido Dagoberto Bentura en 1936, cuyas solicitudes de traslado a El Frontón por razones de salud fueron denegadas 230
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