Ese gol existe 2da edición

de las autoridades y su instrumentalización clientelista por parte de los presos— se convirtieron así en bastiones importantes de una cultura carcelaria de solidaridad y fraternidad. El entusiasmo por el fútbol era compartido también por los presos políticos que, por centenares, pasaban largas temporadas en la penitenciaría de Lima, El Frontón o la cárcel central de varones durante los períodos dictatoriales de las décadas de 1930 y 1940. Sin embargo, por razones más o menos obvias —restricciones en sus movimientos, constantes castigos en celdas de aislamiento, o el deseo de los presos políticos de no juntarse con los comunes—, la práctica del fútbol no fue al parecer tan constante entre los presos políticos como lo fue entre el resto de la población carcelaria. No obstante, varios presos políticos habían sido deportistas asiduos antes de caer presos172, por lo que era casi natural que buscaran esas actividades una vez que caían detenidos. En sus memorias, Armando Villanueva del Campo hace varias menciones a la práctica del fútbol en El Frontón en la década de 1930, y reproduce en su libro una carta dirigida a su familia en la que les solicita le envíen «accesorios de botiquín» para poder tratarse contusiones o heridas resultantes de los partidos de básquetbol o fútbol (Villanueva & Thorndike, 2004, pp. 183, 192)173. Todo indica que El Frontón resultaba el lugar ideal si se trataba de practicar deporte mientras se purgaba condena por delitos políticos, pues la abundancia de espacio permitía a los políticos no mezclarse con los comunes, algo que, por ejemplo, era virtualmente imposible en las pampas de la penitenciaría. Quizá por eso el preso político aprista Juan Seoane casi no habla del fútbol en su relato novelado sobre la experiencia en la penitenciaría de Lima, y cuando lo hace, es más para enfatizar el carácter sufriente de la experiencia carcelaria, al lado de la cual el fútbol aparece como una fugaz distracción: «La pampa llama al fútbol. ¿Qué se va a hacer? La juventud, la vida, todo es más fuerte que el dolor» (Seoane, 1937, p. 334). Como es de esperarse, la práctica del fútbol dentro de las prisiones terminaría por convertirlo en un ingrediente central dentro de la estructura de la vida cotidiana de los presos, los guardias y las autoridades. Como tal, alrededor del fútbol se fueron articulando una serie de elementos de la vida carcelaria que queremos ilustrar con varios ejemplos para mostrar hasta qué punto el fútbol —en la cárcel como en la sociedad de afuera— resulta imbuido de significados, tensiones y expectativas: en suma, un artefacto cultural polivalente y complejo. El fútbol, por ejemplo, traía consigo la 229

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