bajo la excusa de que se encontraban gozando de «perfecta salud», dedicado al deporte el primero, mientras que el segundo «forma parte de uno de los equipos de fútbol del penal y juega diariamente»179. CONCLUSIÓN Este artículo ha querido mostrar una faceta desconocida en la historia del fútbol peruano, pero una que confirma que las relaciones entre cárcel y sociedad son más porosas de lo que usualmente imaginamos. Una de las conclusiones que se desprenden de este ensayo es que la práctica del fútbol en las prisiones de Lima siguió un derrotero similar al de la sociedad peruana en su conjunto, adquiriendo una popularidad notable entre las décadas de 1920 y 1930. Sus características no se diferenciaban mucho de aquellas que tenía el fútbol que se practicaba en las canchas, calles, pampas y estadios de Lima y otras ciudades peruanas. Los jugadores volcaban un entusiasmo contagiante que a veces se tornaba violento; intentaban utilizar el deporte como medio de esparcimiento, pero también para reforzar o crear mecanismos verticales de clientelismo social y político; y la proliferación de clubes y asociaciones revela la importancia del fútbol en la forja de lazos de solidaridad horizontal al interior de los grupos subalternos de la sociedad. Por otro lado, y desde el punto de vista de las élites y las autoridades, la preocupación radicaba en auspiciar y controlar a la vez la práctica del fútbol: lo primero —la promoción del fútbol—, en vista del potencial que ellas veían en el deporte para contribuir a «civilizar» y «regenerar» a los grupos «desviantes» de la sociedad; y lo segundo —los esfuerzos por controlarlo—, en virtud de la amenaza potencial de que el fútbol sirviera (como efectivamente sirvió) para promover y reforzar formas populares de socialización y conducta política. Por tanto, en torno al fútbol —en las prisiones al igual que en la sociedad «libre»— se congregaron una serie de ingredientes que lo convirtieron en un elemento muy importante dentro de la dinámica social y la vida cotidiana. Al final de esta breve e incompleta historia, nos queda la sensación de que presos o libres, limeños o serranos, guardias o reclusos, y al margen de sus respectivas agendas e intenciones, todos disfrutaban del fútbol con la misma intensidad. Y quizá esto se explique por qué para todos ellos, más allá de su ubicación en la jerarquía social, racial o legal, el fútbol se había convertido ya en una pasión difícil de remplazar. 231
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