de su «inmortal obra progresista» (Ramos, 1990, p. 193). En una actuación organizada en homenaje a Leguía en la cárcel de Guadalupe en febrero de 1928, el delegado de los presos emitió estos juicios: Maneja las riendas del Estado, un hombre que guarda parangón con la época de luz en que vivimos [...], un hombre que, al sentir general, es el que con el momento, verdaderamente encuadra. Nosotros que al margen de esta misma sociedad nos encontramos no renegamos de ella porque de su seno nos expulsó justa o injustamente. Reconociendo la autoridad de la ley, obedecemos sus mandatos, y desde nuestras celdas, aplaudimos al representante del pueblo peruano y a los miembros de él, que como Ud. señora [se refiere a Ángela Ramos], tienden su mano piadosa a quienes por disposición legal, se encuentran fuera de la sociedad. Con talento, son manejadas hoy las riendas del Estado; de allí el progreso que ella experimenta en todas sus diarias manifestaciones. El Señor Leguía, dentro del amplio radio de acción que su mirada abarca, para todo lo que al bien nacional concierne, tuvo muy en cuenta la Administración de justicia, pues dentro su gobierno se reforman los Códigos de ella haciéndose más sapientes y por ende más humanos. ¡Oh señor Leguía!, con perseverancia poco común, y poseedor de una energía a toda prueba, llega ya a la meta de sus patrióticas aspiraciones, sin importarle un ápice los sinsabores pasados ni los por venir. El tiene un arma: el Carácter. Un escudo: la patria [...] (Ramos, 1990, pp. 174-175). El diario La Crónica, de donde fueron tomadas estas transcripciones, culmina así la descripción del evento: «Con grandes vivas al Perú, al Presidente Leguía y a la Justicia Social terminó la ceremonia, entregándole los presos a la señora Ramos un retrato de ella hecho en la Cárcel por uno de los detenidos y un Memorial con más de 200 firmas, suscrito por todos los presos, en el que piden al Presidente Leguía que la señora Ángela Ramos de Rotalde forme parte del Patronato de Presos» (Ramos, 1990, p. 177). En estos, como en muchísimos otros casos de discursos, memoriales y cartas escritos por presos, la retórica utilizada buscaba enfatizar su aceptación resignada de la condición de detenidos, su satisfacción con la forma en que eran tratados, y su gratitud por el interés que por sus casos mostraban las autoridades. En otras palabras, decían lo que ellos sabían que las autoridades querían escuchar160. Pero al mismo tiempo, y a veces sutilmente, presentaban sus peticiones o demandas: en el caso arriba citado, se trató del pedido de que una persona que había demostrado 222
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