combinación de varias formas terapéuticas149; segundo, que esta regeneración debía ocurrir, al menos en parte, como producto de los «incentivos» (morales y materiales) que se otorgaban a los presos/criminales, lo cual suponía un cambio respecto a la idea —aún supérstite, sin duda— de que el puro castigo o la coerción bastaban para modificar o reprimir conductas. El Reglamento de la penitenciaría de Lima, aprobado en 1862 por su fundador y director Mariano Felipe Paz Soldán, por ejemplo, estipulaba que los presos de buena conducta se harían acreedores a visitas, tiempo libre, y permiso para cultivar flores y plantas, leer libros y consumir tabaco y coca «estando solos» (Fuentes & de la Lama, 1877). Este reglamento, sin embargo, no contemplaba la actividad física como un elemento de la terapia reformista ni como un incentivo para los presos. El nuevo reglamento de la penitenciaría aprobado en 1901 tampoco incluía ejercicios físicos o deportes como elementos constitutivos del «tratamiento» a los presos, aunque sí consideró la salida a los «patios» o «pampas» por media hora cada día y por tres horas los domingos y feriados150. Conforme avanzaba el siglo XX, la práctica del deporte se fue popularizando y, en el discurso de las élites, empezó a ganar terreno como un mecanismo de regeneración y mejora racial y espiritual; como consecuencia, la práctica de varios deportes, y especialmente el fútbol, se hizo popular también en las prisiones, auspiciada por el atractivo que tenía tanto para presos como para las autoridades —por razones distintas, ciertamente, como veremos más adelante—. De esta manera, el fútbol y otros deportes se fueron convirtiendo en un componente importante de la vida cotidiana dentro de las prisiones, especialmente en la penitenciaría de Lima (también conocida como «panóptico») y en la colonia penal de El Frontón, las únicas prisiones de Lima que contaban con el espacio físico necesario para su práctica151. Lo que es interesante subrayar es que todo indica que fueron los propios presos los que gradualmente impusieron la práctica del fútbol al interior de las prisiones. Muchos de ellos, sin duda, ya lo habían practicado en sus escuelas y barrios152, y una vez que se vieron sujetos a la privación de la libertad y enfrentados a la necesidad de encontrar no solo actividades para llenar las largas horas de encierro, sino también formas de entretenimiento que ayudasen a aliviar el dolor y el sufrimiento, encontraron en la práctica del fútbol una solución casi ideal. Enfrentadas a esta realidad, las autoridades de las prisiones —claramente influenciadas además por la prédica oficial y periodística en torno a las ventajas del deporte como 215
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