punitiva del Estado: la prisión. Se juntan aquí varios de los elementos que hemos mencionado anteriormente, y que formaban parte del imaginario de las élites en su incesante afán de mejorar y expandir sus formas de control sobre los grupos subalternos de la sociedad. La población carcelaria, supuestamente culpable de crímenes punibles y portadora de valores contrarios a la ley y la civilización, era sometida a una serie de tratamientos y terapias (no siempre, sin embargo, aquellas mandadas por los reglamentos) que buscaban imponer sobre ella la voluntad punitiva de la ley, al tiempo que (en teoría, al menos) trataban de modificar los rasgos no conformistas de su conducta. Dentro de este esquema dual —represión y reforma, castigo y regeneración—, la práctica del fútbol, y el deporte en general, vino a acompañar, desde comienzos del siglo XX, al trabajo y la educación como fundamentos básicos de la terapia carcelaria de control y regeneración. De hecho, su popularidad entre las clases populares y las élites convertía al fútbol en un mecanismo de reforma penal mucho más atractivo que la educación (bastante más difícil de implementar) y el trabajo (que generaba múltiples conflictos de orden económico y práctico)147. Por tanto, era de esperar que el deporte, y especialmente el fútbol, se convirtieran en elementos centrales de la vida cotidiana de la prisión. Pero, al igual que ocurrió con otros elementos de la realidad carcelaria, y de manera similar a lo que ocurría con su práctica en la sociedad en general, el fútbol en la cárcel habría de convertirse en un elemento de conflicto y negociación que abrió para muchos presos la posibilidad de avanzar algunas de sus agendas individuales y colectivas, contribuyó a generar y reforzar estructuras jerárquicas y de poder existentes al interior de la prisión, y permitió la creación o ampliación de espacios relativamente autónomos al interior de la sociedad carcelaria148. Desde que, a mediados del siglo XIX, el Perú adoptó legalmente el modelo penitenciario según el cual el objetivo principal de la privación de la libertad era la búsqueda de la reforma del delincuente, los reglamentos de las cárceles y la práctica cotidiana de las autoridades carcelarias empezaron a hacer uso de premios y castigos en sus afanes de modular la conducta de los presos —sea con vistas a su reforma permanente, sea con el propósito inmediato de mantener el orden interno de las prisiones—. Detrás de esta idea existían dos premisas: primero, que los criminales eran «reformables», es decir, que su conducta no estaba biológica ni racialmente predeterminada (postura esta que, sin embargo, no era universalmente aceptada), y que podían ser «regenerados» gracias a la 214
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