las personas se mantuviesen alejadas de vicios o pasatiempos poco educativos, actividades muy comunes en Lima» (Muñoz, 2001, p. 200). Por tanto, al deporte se le asignó, desde las élites, una función educativa, regeneradora y, en última instancia, de control social y político. Además, como nos ha recordado María Emma Mannarelli, el ejercicio físico fue considerado por los higienistas peruanos un «modificador higiénico poderoso» de la raza (Barriga, 1902, citado en Mannarelli, 1999, p. 55). El fútbol, en particular, fue visto como un instrumento para producir «este nuevo hombre de acción y con iniciativa al que se aspiraba para que el país progresara» (Muñoz, 2001, p. 229); es decir, un hombre «moderno». De entre todas estas funciones atribuidas al deporte, sin embargo, la más atractiva para las élites modernizantes era la de constituir «un medio para erradicar el vicio y la inmoralidad» al interior de los grupos populares (Muñoz, 2001, p. 233). Este discurso sobre las ventajas del deporte y el fútbol para crear sujetos «modernos», mejorar la raza y eliminar los vicios entre los sectores populares, resultaba emparentado con una preocupación social, cultural y política mucho más amplia por el control social, el cual tenía en los mecanismos legales y punitivos su bastión más poderoso —al menos, desde el punto de vista de la intervención del Estado en la regulación del conflicto social—. Como hemos demostrado en otros trabajos, un proceso gradual de afinamiento de los mecanismos de control social se puso en marcha desde mediados del siglo XIX, el cual se hace más «científico» (y más autoritario) en las postrimerías de ese siglo y comienzos del siguiente145. La justicia penal en general, y la prisión en particular, fueron vistas como parte de un esquema más amplio de represión de conductas «desviantes» y de formación de individuos obedientes, disciplinados y laboriosos. A través de distintos modelos y mecanismos punitivos —la reforma penitenciaria, el reformatorio de menores, el trabajo obligatorio para los vagos, el empleo de técnicas modernas de identificación por parte de la policía, entre otros—, y de ciertas técnicas «regeneradoras» — especialmente la educación, el trabajo y la prédica religiosa—, las élites buscaban afanosamente eliminar lo que ellas consideraban un peligro para la estabilidad social y política del país: las conductas contrarias a la autoridad, las tradiciones populares que se resistían a los intentos de las élites por eliminarlas, y ciertas formas de socialización que se veían como opuestas a los sueños de «modernidad» y civilización que querían imponerse. 212
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