Ese gol existe 2da edición

En un acto más de supervivencia que de civismo, aunque sí digno de admiración, la masa apiñada hizo retroceder metro a metro a los policías enloquecidos y sus humeantes armas. Los guardias terminaron huyendo mientras la indignación desencadenó de inmediato un desborde popular que ganó las calles, causó desbandes, saqueos y asaltos sin que nadie pudiese controlar la situación. Muy al contrario, más que los delincuentes de ocasión, ahora el principal motivo de preocupación era la muchedumbre de soldados indignados y enardecidos por la sangre derramada. A ellos se les iba sumando la población, de manera que pronto los manifestantes cobraron el volumen crítico necesario. Los fallecidos eran tres soldados y un civil y los heridos resultaban numerosos. La multitud indignada iba precedida por un cortejo fúnebre. Los soldados de línea llevaban a hombros el cuerpo inerte de tres compañeros y la cuarta víctima, presumiblemente el civil, iba en un coche de alquiler. Con sus cuatro víctimas en cortejo, la multitud exaltada llegó al frontis del cuartel Santa Catalina clamando por justicia y hasta amenazando cobrársela por propia mano. El ministro de Guerra, mayor Alejandro Barco, se dirigió a la multitud lamentando los sucesos y prometiendo la más dura sanción de la ley a los perpetradores de semejante crimen. No era suficiente. Había que ir a Palacio. Los cuerpos de las víctimas fueron dejados en el cuartel y portando las prendas ensangrentadas como estandarte, la multitud nacida en un campo de fútbol tomó rumbo a la Plaza de Armas, mientras las calles —especialmente las del Cercado, de La Victoria y el Rímac— seguían siendo tierra fértil para desmanes y asaltos. Y todo en una dominical antesala de Reyes. Una vez en la plaza, los manifestantes se enteraron, por boca del capitán de navío Mercado, jefe de la Casa Militar, que Luis Sánchez Cerro había acudido a La Punta a una reunión de carácter social. Nadie se movió y al rato Sánchez Cerro llegó a Palacio, donde lo esperaban ministros de Estado y jefes militares. Luego de unos minutos, el Mocho emergió por uno de los balcones, bien flanqueado por el ministro de Guerra y el ministro de Gobierno, el comandante Beingolea. Una salva de aplausos saludó la presencia del titular de la Junta de Gobierno. Un orador de la multitud tomó la palabra e hizo una reseña dramática de los sucesos, condenado en todo momento el uso de armas contra el pueblo indefenso y exigiendo, en nombre de todos, la más drástica y ejemplar de las sanciones. Entonces se fue haciendo el silencio 207

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