soldados de línea, acompañados de un enjambre de enardecidos civiles, se habían arrojado sobre el césped y llegaban raudos para acudir en auxilio de su compañero agredido. Ocurrió lo peor. Los policías abrieron fuego en un enfrentamiento de balazos contra pedradas. Y el pueblo se exaltó por semejantes muestras de abuso. Era difícil vencer a la confusión. El ministro de Guerra, coronel Barco, y el flamante ministro de Justicia, José Luis Bustamante y Rivero, habían disfrutado el encuentro desde el palco de honor. Ambos ministros eran del sur andino. Las raíces de Barco estaban en el Cusco y cruzaban los siglos. Bustamante y Rivero, joven abogado, era arequipeño de vieja raigambre y había estado alentando a los ágiles del Aurora durante todo el encuentro. Como casi toda la tribuna, el ministro Bustamante y Rivero había terminado aceptando como justa la victoria de los mundialistas uruguayos y había aplaudido a los del Bellavista al término del encuentro, con más entusiasmo todavía, al ver cómo sus paisanos del Aurora y los campeones mundiales se fundían en un solo abrazo. Bustamante y Rivero y el ministro Barco se disponían a abandonar el palco oficial cuando atisbaron al frente, al pie de la recién estrenada tribuna de segunda, una trifulca en ciernes. De inmediato se dieron cuenta que la tensión podía hacer desbordar las pasiones e instruyeron a sus subalternos a tomar medidas para impedir cualquier desborde. Pero ya era tarde. Ya el policía le estaba pegando al soldado. Ya el soldado lo doblegaba haciendo gala de grandes dotes para el combate. Ya los demás policías llegaban para arremeter de manera pluralmente abusiva. Ya trepaban incontables soldados de línea el alambrado para saltar al campo y acudir al auxilio de su compañero cosido a golpes por los policías. De poco o nada servía la autoridad, así fuese del más alto nivel, frente a la crudeza de los sucesos que se desencadenaban ante la impotente y lejana mirada de los funcionarios públicos del más alto nivel y mando. Las balas silbaron en el aire, en una sola dirección, y reclamando su cuota de sangre. Los policías disparaban al bulto y en un abrir y cerrar de ojos había cuatro muertos y muchísimos heridos que tampoco podían incorporarse, mientras las prendas de vestir se teñían de intenso rojo y hasta el cielo se cargaba con el intenso descontento popular. 6. LA BARBARIE YA FERMENTABA 206
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx