Ese gol existe 2da edición

en la agitada plaza. Era evidente que Sánchez Cerro iba a hablar. Todos querían escucharlo. Poseedor de un aire campechano que le abría vasos comunicantes con el pueblo, Luis Sánchez Cerro empezó en tono muy pausado y lamentando en todo momento los trágicos sucesos de aquel domingo. Y luego su discurso cobró fuerza, mientras sus mechones engominados mostraban esos movimientos autónomos. Ahora el tono de Sánchez Cerro cobraba un timbre dramático y enérgico que tocaba la piel de todos los asistentes. «Peruanos», exclamó, «esto no es sino la consecuencia triste y dolorosa, de una situación caótica de desorden, de encono que ha dejado la fenecida dictadura que necesitaba promover odios y pasiones para cometer sus delitos y traiciones». Cada alusión condenatoria a la dictadura de Leguía era aclamada por la multitud, que hasta parecía dispuesta a olvidar por un momento sus muertos de esa tarde, con tal de vituperar una vez más la tiranía leguiísta. Sánchez Cerro lo sabía muy bien, conocía los resortes que debía accionar ante la población. «Fatalmente», prosiguió el Mocho, «esa ha sido la manera de gobernar durante la época de la dictadura y las consecuencias las pagamos ahora». Y una vez acallados los aplausos, Sánchez Cerro remató. «El castigo ejemplar tiene que venir, podéis estar seguros». Los manifestantes siguieron su recorrido por las calles centrales de la ciudad y los más exaltados, azuzados por el discurso de Sánchez Cerro, tomaron rumbo a la calle de Pando, más propiamente a la casa de Augusto Leguía. Y una vez allí penetraron al interior donde encendieron rumas de cajones vacíos. El fuego prendió, las fuerzas del orden dispersaron a los manifestantes y llegaron, esta vez a tiempo, los bomberos a controlar la situación. Caía ya la noche y estaba claro que en la casa de Leguía solo quedaban vestigios de madera por encender. Ironías del destino. El propio Leguía, culpado directamente por Sánchez Cerro de los trágicos sucesos de ese domingo, hacía tiempo que estaba confinado en prisión. Con suerte, Leguía se encontraría reposando. Con menos suerte, acaso era víctima del dolor mientras intentaba miccionar en una lata, como se ha comentado, mientras sus guardianes reían. Al rato no quedó nadie en las calles. Incluso la Plaza de Armas quedó totalmente despejada. Era como si hasta las palabras se las hubiera llevado el viento. Especialmente parecían haberse diluido por los aires las expresiones de Sánchez Cerro exclamando que la sangre derramada era 208

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