Ese gol existe 2da edición

O quizá no tanto, porque uno nunca sabe cuándo el diablo anda suelto y tuerce las cosas. Y ese primer domingo de enero de 1931 ocurrió lo impensado. Un incidente destinado a quedar en el nivel de lo trivial se salió de cauce demostrando hasta qué punto éramos una comunidad encrespada, un verdadero caldo de cultivo donde la discordia y el conflicto se podían encender sin control a la menor chispa. El partido ya llevaba sus buenos minutos de terminado, cuando de la recién inaugurada tribuna de segunda, hoy conocida como «oriente», bajó al campo un soldado de línea de los muchos que habían ingresado gratis. El soldado intentó cruzar el campo en dirección a la tribuna de primera con el objeto de rendir homenaje a los ganadores o movido por la novelería de verlos salir del camarín como solían hacer muchos aficionados. El soldado de línea, un «cachaquito» según el habla popular, en ese momento en calidad de espectador, fue interceptado a vista de todos por un miembro de la Guardia Civil. El policía trató de impedirle el paso de manera muy poco amistosa y el soldado, sin reparar en nada, persistió en su derecho de cruzar el campo de juego. Los ánimos se iban enardeciendo, el lenguaje corporal de ambos uniformados lo decía todo. La hostilidad era visible y es bueno recordar que había tensión entre ambas instituciones. Augusto Leguía, por entonces preso, había fundado la Guardia Civil, que decían le era fiel como una guardia pretoriana. Entretanto, Sánchez Cerro había llegado al poder con el apoyo del Ejército y desde ya los rangos castrenses veían con desconfianza a la Policía. Las razones de recelo o descontento eran evidentes e hicieron carne sobre el verde del Nacional justo cuando se cerraba la temporada futbolística internacional y caía la tarde del primer domingo de 1931. Allí estaban. Al pie de oriente, el policía y el soldado frente a frente en franco desafío. De pronto el policía insistió en hacerlo retroceder al soldado, pero esta vez usando la violencia sin mayor vacilación. El soldado, que no era manco, rechazó la agresión haciendo gala de tanta agilidad que puso en aprietos a su opositor, mientras la tribuna se enardecía y sus compañeros de uniforme, soldados de línea como él, se disponían a saltar también al campo y defender de la agresión al compañero. Fue en ese momento que más policías acudieran al lugar del incidente, al pie de la nueva tribuna, y sin más trámite golpearan al soldado incluso después de haber caído al suelo. A esas alturas resultaba evidente que semejante abuso no haría más que contribuir a encender la pradera y así fue. En ese momento ya varios 205

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