En busca del orden perdido

En el prólogo a la edición que preparó el padre Constantino Bayle del Manuscrito Loyola, el mencionado sacerdote supuso que «el manuscrito extraviado de Loyola» no era original «...sino copia, y mala...» porque no entendía «cómo Murúa pudo enviar para las prensas un mamotreto escandalosamente descuidado: y así lo estaba el códice de Loyola, henchido de erratas, sin puntuación, con frases inconexas; si no fuesen del original, no aparecerían sustancialmente lo mismo, en las dos copias de que hay noticias» (Bayle 1946: 36-37). En realidad, nuestro talentoso padre se equivocó en esta oportunidad porque el original, que a todas luces es el manuscrito irlandés, no difiere mucho de la copia de Loyola y, al parecer, Murúa tenía intenciones de publicarlo. Sin embargo, sus comentarios sirven para imaginar los juicios a que debió haber estado expuesto el manuscrito de Murúa por aquellos contemporáneos con un sentido más refinado del quehacer histórico al punto de hacerlo desistir de su propósito difusor y transformarlo en borrador de una versión más acorde a los estándares históricos de la época. Inspirado por estos comentarios y por la publicación del manuscrito Wellington o Getty, algún tiempo atrás, el antropólogo Emilio Mendizábal, intentando una comparación entre ambos documentos, decía: «El Mss. Loyola... que Ballesteros-Gaibrois supone que quedará como una variante anónima no pierde su valor, a nuestro entender, ante el hallazgo del Mss. Wellington.... Por el contrario, ella permite entrever cuanto se ha perdido, en la versión que Murúa consideró como definitiva, de la versión peruana de la historia de los Incas, tal como la conservaban, oral y tradicionalmente, los quipukamayoq, imperiales. Basta comparar a este respecto el Mss. Loyola... con la Nueva Corónica de D. Felipe Waman Poma de Ayala y se verá que la falta de ‘secuencia y orden lógico del autor’ de Mss. Loyola —secuencia y orden que Ballesteros encuentra en el Mss. Wellington— no debe estar sino en los informes que le hicieron ‘los viejos, de los cuales vine a saber lo más que en este libro va puesto’» (Mendizábal 1963: 156-157). Efectivamente, el gran valor del original de la copia de Loyola radica en su proximidad a la fuente indígena, pero muy particularmente al cronista 61

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