fuentes haciendo notar la presencia de elementos rítmicos y simétricos enraizados en las tradiciones indígenas bastante distantes a una visión objetiva de la historia. Pero, por otro lado, su mayor error fue no poder sustraerse a las exigencias de un mundo académico que no se contentaba con explicaciones de orden simbólico, sino que quería apreciaciones históricas concretas cayendo en especulaciones muy semejantes a las que criticaba. Finalmente, tenemos que aludir al revolucionario intento de entender el significado de la «historia Inca» realizado por R. T. Zuidema en El sistema de ceques del Cuzco. La organización social de la capital de los Incas. Su aproximación al tema se alinea muy estrechamente con las tendencias modernas de la antropología social que, en vez de inducirlo a buscar solo datos positivos en las crónicas para reconstruir el pasado «real» de los incas, lo llevan como paso previo a utilizar la «historia Inca» para explicar algunos aspectos de la organización social. Como consecuencia, su perspectiva es más de carácter sincrónico que diacrónico. Conocedor de aquellos elementos «rítmicos» y «simétricos» que las tradiciones indígenas manifiestan, Zuidema intenta desentrañar sus principios subyacentes y relacionarlos a otros aspectos de la organización social inca. Su punto de partida es el sistema de los ceques del Cuzco, que consistía en un conjunto de líneas imaginarias que se radiaban del Coricancha o Templo del Sol hacia los cuatro puntos cardinales. El total que sumaban era de cuarenta y uno, y se ordenaban bajo un patrón de tres grupos de tres líneas en cada una de las cuatro divisiones o suyus del espacio inca. Exceptuando el Contisuyu, que aglutinaba catorce de las cuarenta y un líneas, los otros tres contaban con nueve líneas. Cada línea a su vez tenía un promedio de diez huacas o adoratorios, aunque con muchas variaciones completando un total de 328. Estas huacas eran objetos de veneración y diferentes grupos sociales como las panacas y los ayllus cuidaban de ellas. Las panacas eran consideradas como el grupo de descendientes de cada gobernante Inca y los ayllus como los grupos que aglutinaban a los nobles de condición periférica. Ambos tipos de grupos sumaban un total de diez cada uno y, al igual que las huacas, también se distribuían simétricamente en cada uno de los suyus. Consecuentemente, si las panacas se acomodaban a este patrón simétrico, lo mismo ocurría con los progenitores, es decir cada nombre de 38
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