lingüística. Pero al intentar rescatar lo que de información positiva contenían las tradiciones indígenas, cometió el error de sustentar sus argumentos solo por referencia a situaciones análogas en otros contextos culturales, sin mayor apoyo crítico. Veamos, por ejemplo, cómo manejó el tema de la cronología andina. Al referirse a la tradición de las cinco edades registrada por el cronista Fernando de Montesinos señala: «Estimo —sin embargo— que también en este asunto debe existir una medida y un límite prudencial, y todo me inclina a pensar que en lo que concierne a la época del Cuzco, o V Milenio, nadie está rigurosamente obligado a denegar que el Hamautta pudiese llevar con cierta exactitud la cuenta de los años del reinado de sus soberanos» (Imbelloni 1946: 265). Sin embargo, se podría impugnar aquella «cierta exactitud» sobre la base de que los «años» —en aquella tradición— son presentados en un orden simétrico que obviamente parece descartar cualquier interés por la «exactitud». Es interesante notar que de un lado Imbelloni rechaza como míticos los cuatro mil años de duración de las cuatro primeras edades pero, por otro, como obligado a tener que establecer la duración real del Imperio de los Incas, acepta como «reales» los quinientos años de la quinta edad a los cuales suma los cien años que, según sus cálculos, debieron durar los gobernantes que siguieron a Pachacuti. Como conclusión de estos malabares termina afirmando que seiscientos años debió ser el total de la duración hasta la muerte de Huayna Capac. A modo de constatación se apoya además en Blas Valera, Anello Oliva, Gutiérrez de Santa Clara, Cabello Valboa, quienes señalan que la fundación del Imperio inca ocurrió 600 años antes de la Conquista. Siguiendo con estos cálculos deducirá que si el último Inca murió en el año 1525 d.C. entonces el Imperio inca debió iniciarse en el año 925 d.C. (1525 - 600 = 925). Además, apoyándose comparativamente en Egipto y Asiria, donde algunos estudiosos suponían que un siglo abarcaba lo que tres reyes alcanzaban a reinar, nuestro estudioso argentino sostiene que el número de reyes Incas no debió ser de once hasta Huayna Capac, como generalmente los historiadores suponían, sino de dieciocho. Haciendo un balance de su argumentación, lo más importante que se deriva de ella es haber estimulado una nueva manera de aproximarse a las 37
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