En busca del orden perdido

(Quilter 1990). Tan arraigadas se mantienen estas tradiciones que incluso hoy se escuchan narraciones sobre el peregrinar de las almas en el más allá, las cuales cruzan pueblos donde objetos materiales (como ollas) recriminan a las mujeres diciéndoles: Tú me pusiste viva al fuego, si así a tí te hiciste también tu sentirías. Tú, siendo mujer como yo, me trataste mal (Valderrama y Escalante 1979: 260). De lo que sí no tenemos noticias es que estas creencias motivasen los masivos sacrificios humanos que se daban en México. Estos últimos, por lo general, figuran en relación a unas ceremonias llamadas Capac hucha o Capac cocha donde vidas humanas, particularmente de niños o jóvenes, eran inmoladas a los dioses, pero sobre todo al Inca, cuyo poder sobre estos últimos da la impresión de no haber tenido parangón con la de ningún otro monarca de las culturas mesoamericanas, al punto de llegar a detener o mantener la marcha del sol. Siguiendo a Henri Frankfort (1965) en las comparaciones que hace entre la monarquía egipcia y la de otras culturas del Cercano Oriente, me parece que algo semejante ocurre con la andina. Mientras que los monarcas mesoamericanos eran vistos cercanos al plano de los hombres sometiéndose con ellos al designio de las divinidades, el Inca cuzqueño, como el Faraón egipcio, se erguía sobre sus congéneres alcanzando el rango de los dioses. En consecuencia, mientras que el Rey mexicano no tenía ninguna potestad para evitar la inmovilidad del sol —salvo proveerle de sacrificios humanos— el Inca sí la tenía, aunque su físico no estaba exento de deterioro y, por lo tanto, de que sus poderes se debilitasen. Estas circunstancias, a mi parecer, explican por qué en el antiguo Perú, si bien los sacrificios humanos también se dirigían a las divinidades, un importante receptor de ellas fue el Inca, especialmente a través de aquellas ceremonias conocidas como Capac hucha. Usar un modelo cosmológico basado en cinco edades, aparte de encerrar una estructura compatible con configuraciones genealógicas como aquella de Pérez Bocanegra, no era muy distante de lo que Occidente aportaba a través de cronografías como las de Hieronimo de Chaves, Rodrigo Zamorano, Andrés de Li y otros. Tampoco lo era, como hemos visto, de aquellas que algunos cronistas como Fray Martín de Murúa habían recogido de algunas crónicas sobre Mesoamérica. 318

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